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La ignominia presente en Colombia
Posted on 3 Marzo, 2020 by juanpaz in Opinión
Por Claudia Posada
Les echaron tierra a sus maldades más crueles, sin pensar en que tal vez es cierto que “entre cielo y tierra no hay nada oculto”; así que por más que se insista en la tergiversación de esa realidad, ya es inocultable la miseria humana que brota al remover sospechas.
Es infinita la grandeza del amor de madre cuando supera el llanto de diez o quince años en la incertidumbre, buscando, arriesgando, preguntando, envejeciendo prematuramente porque el cuerpo desfallece, pero el alma sigue vital en el dolor que, aunque profundo, no doblega.
Por defender el nombre de quienes fueron llevados con engaños al cadalso, no hay marchas populosas que reclamen esas vidas; más bien pronunciamientos que se elevan como columnas de humo desdibujando la verdad, esas son afrentas que humillan sin piedad.
Tenemos derecho a reclamar por los “no nacidos”, pero olvidamos preguntar y marchar por los que nacieron, vivieron y desaparecieron dejando a sus seres queridos sumidos en el inmensurable sufrimiento que se intensifica en aquellos momentos del desasosiego que no encuentra solidaridad para mitigar las penas.
¿Recuperará Colombia algún día los sentimientos perdidos en el afán de poder, en las ansias de riqueza, en la codicia, y en los apetitos de superioridad y distinciones?
En todas las capas de nuestra sociedad, por una u otra razón se alteró el principio del respeto por la vida dando cabida a las vilezas de todo tamaño.
En la oscuridad de la bajeza y las indecencias, se ocultan prácticas non santas que empiezan, muchas veces, con aparentes pequeñeces; mañas deshonrosas que no se dimensionan, o quizás, erróneamente, se justifican en la certeza de que van a parar ahí.
Capotear situaciones de supuesta poca monta, generalmente resulta insostenible, entonces, las agallas crecen en esa falsa valentía que no es nada distinto a la pérdida de rectitud.
Colombia no va a recuperar el alma noble de un Estado protegido y protector, mientras la institucionalidad no esté soportada en valores inviolables a la luz de una estructura férrea, capaz de privilegiar el bienestar comunitario, por encima de acciones que deben ser castigadas sin consideraciones encubridoras.
Con respecto a la perversa cultura de la maldad que crece aterradoramente en nuestro medio, se debe trabajar para el fomento y estímulo de las condiciones que caracterizan la idiosincrasia de la probidad, para propagarla de todas las formas posibles en espacios, entornos y escenarios públicos y privados.
Necesitamos con urgencia recuperar particularidades que podrían resumirse así: Institucionalidad limpia, auténtica democracia ciudadana, formación íntegra, hogares enmarcados en el respeto mutuo para dar y recibir amor lejos de la permisividad que se da entre compinches -no entre familias sanas- y el respeto por la naturaleza con todo y sus seres vivos.
Tenemos en Colombia líderes sociales, cívicos, comunitarios e institucionales con méritos tan valiosos que deberían ser exaltados como ejemplo para estas y futuras generaciones; sin embargo, en vez de reconocerles públicamente su apreciable vivir y su entrega desinteresada a los demás, terminan siendo asesinados y enterrados con todo y sus luchas generosas.
Estos buenos colombianos, al igual que las mujeres que pasan años cargando sus penas, burladas, y hasta atropelladas en su dignidad y dolor, se hizo presente en Colombia la ignominia hasta extremos vergonzosos.
Gente buena es ignorada por la sociedad que, en cambio, ocupa tiempo y gestión en rendir honores a quienes, con aciertos reales o no, simplemente están haciendo lo que les toca y por lo que les pagan.
Las distinciones deberían ser exclusivamente para todo ciudadano de bien, sin duda alguna, que va más allá de responder a las tareas que le corresponden en razón de su trabajo.
Colombia será un país noble cuando dé el máximo reconocimiento a las víctimas de la degradante maldad que nos agobia, y a los generosos de corazón.
Los homenajes baladíes dan grima por inmerecidos. Los reconocimientos meritorios escasean y son poco divulgados, ¡qué pesar! No cuentan con “comité de aplausos” que los lleven a los medios tradicionales, ni con redes sociales que les hagan coro.
miércoles, 11 de marzo de 2020
Duque y el “antiduquismo”
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Duque y el “antiduquismo”
Posted on 29 Febrero, 2020 by juanpaz in Opinión
Por Claudia Posada
El asunto de la percepción de los gobernados con respecto a sus mandatarios, es eso, “percepción”; la imagen de un gobernante cambia tan fácil como les eventos cotidianos o extraordinarios del día a día, los de la cotidianidad y los coyunturales, sumándole los vaivenes de la opinión pública muchas veces manipulada. Las encuestas son tendencias que no pueden despreciarse, aunque tampoco tomarlas como “palabra de Dios”. El presidente de los colombianos, Iván Duque, no ha gozado en su gobierno de muchos momentos que le den la sensación necesaria de gobernabilidad, pero es que se hace evidente que son algunos del partido al que apoyó la mayoría de electores en octubre del 2019, quienes lo azotan inmisericordemente.
Tiene entonces en su contra a las corrientes que preferían a su opositor, a muchos seguidores incondicionales del uribismo, y a los matices de líderes al interior del CD que le critican sus decisiones, su gabinete, su estilo de gobernar y sobre todo su deseo de concertar y dar cabida a posiciones ideológicas distintas a las de la línea derechista.
No es extraño pensar que Duque es un hombre de centro derecha que arrancó con algunas libertades y cierta independencia, aspectos que no le perdonan los más radicales de su partido político, por lo que a medida que avanza su gobierno, se le ve maniatado. Cuando dicen que para comprender a alguien hay que meterse en sus zapatos, sentimos que nos tallan mucho.
Por su parte el alcalde de la capital antioqueña, Daniel Quintero Calle, joven como el presidente, formado como él en importantes universidades reconocidas como centros académicos que reúnen comunidades de pensamiento pluralista, creó, desde la campaña, expectativas muy esperanzadoras. Sin embargo, a raíz de los enfrentamientos generados por la violencia que empañó la movilización social en la ciudad recientemente, y su respuesta a la misma, se ha visto en situaciones de muy difícil entendimiento con sectores que antes le dieron un importante respaldo.
Tanto el presidente Duque, como el alcalde Quintero, hacen esfuerzos importantes por cumplir sus promesas de campaña, gestiones y maniobras que, particularmente al mandatario de los colombianos, no le son reconocidas como debería ser. Son sus mismos copartidarios de la línea “antiduquista” quienes ya quieren lanzarse como la mejor alternativa para gobernar a Colombia, sustentando su aspiración en “errores” imperdonables del actual jefe del Estado.
Es imperativo reclamar de los partidos políticos, su papel más allá de la búsqueda de “el poder por el poder” y ese afán de mantenerse en él a toda costa, mientras ignoran que está consignado en la Constitución que nos rige, el deber de impartir formación política para una verdadera democracia en la que entendamos que no es solamente el voto el que nos hace actores participativos; es el ejercicio pleno de ciudadanía, la herramienta para descubrir cómo se ayuda al pueblo, e inclusive cómo impedir que sean manipulados ciertos gobernantes, a los que sus buenas intenciones se les limitan para beneficio de algunos sectores de la sociedad, impidiéndoles que respondan a lo esencial, como ellos quisieran, para enderezar el rumbo del país.
Duque y el “antiduquismo”
Posted on 29 Febrero, 2020 by juanpaz in Opinión
Por Claudia Posada
El asunto de la percepción de los gobernados con respecto a sus mandatarios, es eso, “percepción”; la imagen de un gobernante cambia tan fácil como les eventos cotidianos o extraordinarios del día a día, los de la cotidianidad y los coyunturales, sumándole los vaivenes de la opinión pública muchas veces manipulada. Las encuestas son tendencias que no pueden despreciarse, aunque tampoco tomarlas como “palabra de Dios”. El presidente de los colombianos, Iván Duque, no ha gozado en su gobierno de muchos momentos que le den la sensación necesaria de gobernabilidad, pero es que se hace evidente que son algunos del partido al que apoyó la mayoría de electores en octubre del 2019, quienes lo azotan inmisericordemente.
Tiene entonces en su contra a las corrientes que preferían a su opositor, a muchos seguidores incondicionales del uribismo, y a los matices de líderes al interior del CD que le critican sus decisiones, su gabinete, su estilo de gobernar y sobre todo su deseo de concertar y dar cabida a posiciones ideológicas distintas a las de la línea derechista.
No es extraño pensar que Duque es un hombre de centro derecha que arrancó con algunas libertades y cierta independencia, aspectos que no le perdonan los más radicales de su partido político, por lo que a medida que avanza su gobierno, se le ve maniatado. Cuando dicen que para comprender a alguien hay que meterse en sus zapatos, sentimos que nos tallan mucho.
Por su parte el alcalde de la capital antioqueña, Daniel Quintero Calle, joven como el presidente, formado como él en importantes universidades reconocidas como centros académicos que reúnen comunidades de pensamiento pluralista, creó, desde la campaña, expectativas muy esperanzadoras. Sin embargo, a raíz de los enfrentamientos generados por la violencia que empañó la movilización social en la ciudad recientemente, y su respuesta a la misma, se ha visto en situaciones de muy difícil entendimiento con sectores que antes le dieron un importante respaldo.
Tanto el presidente Duque, como el alcalde Quintero, hacen esfuerzos importantes por cumplir sus promesas de campaña, gestiones y maniobras que, particularmente al mandatario de los colombianos, no le son reconocidas como debería ser. Son sus mismos copartidarios de la línea “antiduquista” quienes ya quieren lanzarse como la mejor alternativa para gobernar a Colombia, sustentando su aspiración en “errores” imperdonables del actual jefe del Estado.
Es imperativo reclamar de los partidos políticos, su papel más allá de la búsqueda de “el poder por el poder” y ese afán de mantenerse en él a toda costa, mientras ignoran que está consignado en la Constitución que nos rige, el deber de impartir formación política para una verdadera democracia en la que entendamos que no es solamente el voto el que nos hace actores participativos; es el ejercicio pleno de ciudadanía, la herramienta para descubrir cómo se ayuda al pueblo, e inclusive cómo impedir que sean manipulados ciertos gobernantes, a los que sus buenas intenciones se les limitan para beneficio de algunos sectores de la sociedad, impidiéndoles que respondan a lo esencial, como ellos quisieran, para enderezar el rumbo del país.
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