Estoy totalmente de acuerdo
con los que argumentan que si gana el Si en el plebiscito, eso no va a
garantizar la paz para los colombianos. Muy cierto. Decir Si el domingo 2 de octubre es decirle si
a lo acordado entre el gobierno y las FARC, no es ninguna otra cosa. Seguirán los delincuentes
como siempre haciendo de las suyas; la extorsión no se va a acabar y la corruptela
menos.
Los hombres que fundamentan
su hombría en maltratar a las mujeres seguirán muy campantes porque para esos sí
que es cierto que la cárcel ha sido esquiva, aunque generan violencia intrafamiliar.
Por los niños abusados y asesinados no habrá
marchas, ni referendos, ni plebiscitos; ni siquiera pronunciamientos que tengan
eco.
Las razones sensatas por el NO, las acepto y respeto. Los argumentos “envenenados”
a favor del NO, son especulaciones que rayan
con el absurdo.
Los acuerdos no
consideraron nada que ver con el modelo económico para Colombia, así que
amanecer “comunistas” el 3 de octubre próximo, pues los capitales en manos de
unos cuantos poderosos que tienen inmensas fortunas, corren serios riesgos, esa
sí que es una amenaza sin sentido.
En cambio la llamada “amenaza”
de Santos al decir que si gana el NO la guerra será más fuerte y además alcanzará
las ciudades, sí que me asusta; mejor dicho, lo creo al pie de la letra, y no
como una amenaza de Santos sino como una muy posible realidad.
Temo tanto a la
supuesta “amenaza” de Santos, como los del NO sienten pánico creyendo la implantación
inminente del castro-chavismo en
Colombia. Estamos de acuerdo, si yo estuviera segura de que tan desastroso
modelo de estado se va a imponer en Colombia, porque –ese es el argumento-
Santos y Maduro son igualitos, también votaría NO. Pero no he podido encontrarles
ni el menor parecido.
“Le entregaron el país a las FARC”. Me imagino
que entonces al ganar el Sí, van al Congreso 10 o 20 exguerrilleros, o los que
sean con voz y voto, más los que no tendrán voto en su primer oportunidad de hacer
parte del legislativo; de manera que según
esa sentencia, los 268 restantes
congresistas (102 Senadores y
166 Representantes) a todas las iniciativas de los excombatientes les
van a decir: “Si honorables padres de la patria, lo que ustedes digan, nosotros
todo lo aprobamos”. ¡Por Dios!
Como
los congresistas nos representan –en las elecciones votamos por ellos para que
decidan por nosotros- el Congreso en su mayoría, aunque sabiendo que eso no quedó consignado en los acuerdos, va a
entregarles el país, en nombre del pueblo colombiano, a los exguerrilleros.
¡Por Dios! ¿Así los están creyendo de torpes, o qué? ¿O es que los congresistas
del No ya se sienten derrotados?
Qué sandeces
se oyen por estos días cuando los colombianos –cosa nada frecuente- podremos participar
directamente, no delegar, respondiendo una sola pregunta con un monosílabo de
una inmensa magnitud, siendo entonces responsables de lo que pase de ahí en
adelante, bueno o malo, por la implementación o no de lo acordado en La Habana.
Un plebiscito es la concreción real de una democracia participativa.
El
presidente Juan Manuel Santos, si, el mismo que sin importarle encuestas, ni
reclamos, ni memes –muy charros por cierto- nos da la oportunidad (porque a él
le dio la gana, no era su obligación) de decidir apoyar o no, el resultado de
una negociación que, durante más de cuatro años y a pesar de los pésimos
augurios de quienes aseguraron que no habría tales acuerdos, está ahí, firmada
por las partes y el mundo como testigo.
Resolvamos
nosotros, si queremos o no que arranque la construcción –la construcción- de una paz estable y duradera, cuyo cimiento hoy,
es la pacificación que tiene que ver con uno de los causantes de las peores
penurias que Colombia ha soportado.
En
firme el cimiento, empezaremos a levantar lo que resta, que es mucho y muy difícil.
No se trata pues de creer ingenuamente que encontraremos la paz ya y total
porque le respondamos Sí a la pregunta del plebiscito.
La
pacificación absoluta no se consigue pre-fabricada, cada pieza hay que armarla
con entusiasmo. Si nos negamos a construirla teniendo las bases, nos estamos
negando una oportunidad que, simplemente, Colombia se
merece.