Por Claudia
Posada
La situación que enfrentan
comunidades y autoridades, tanto locales como subregionales, debido a los
percances que se vienen sucediendo como consecuencia de los desbordamientos e
inundaciones en varias zonas de algunos departamentos de Colombia, es mucho más
grave de lo que vemos -muy, muy triste - a través de imágenes e informes de
noticieros y redes sociales. Las causas de la tragedia, que apenas sí
percibimos desde la comodidad de quienes no la estamos padeciendo, han sido expuestas
por entendidos en asuntos semejantes. Hemos oído a los analistas y estudiosos quienes,
en su gran mayoría, de manera muy objetiva hablan fundamentados en el
conocimiento. Casi todos coinciden en que la principal causa identificada se
concentra en las lluvias precipitadas muy por encima del promedio histórico, y se
atribuye a frentes fríos (fenómeno meteorológico que arrastra “aire polar” a
zonas cálidas, trastornando los climas) viajando desde el hemisferio norte; esto
llevó a la acumulación de humedad en los suelos y a sistemas fluviales
insuficientes para absorber o recibir tal cantidad de agua. A raíz de lo
anterior, el exceso de lluvia elevó los niveles de los ríos, y, en
consecuencia, el Sinú y el San Jorge se desbordaron causando inundaciones en
las llanuras alcanzando zonas urbanas y rurales. Los afluentes se han mantenido
tan altos que saturan los terrenos y se extienden por superficies ganaderas, agrícolas
y además áreas pobladas.
Sabido -aunque algunos no lo
aceptan- es lo dicho por científicos y autoridades meteorológicas que concuerdan
en cómo el cambio climático está alterando los patrones, tanto de lluvias como
de sequías. En Colombia, los frentes
fríos generaron lluvias intensas y prolongadas, las cuales, obviamente sin
manera de prever, incrementaron las consecuencias de aguaceros no esperados. Hoy
lo lamentamos y la realidad nos convoca a ser solidarios. Por su parte el presidente Gustavo Petro,
lógicamente preocupado con la situación aquejando a pobladores de Córdoba,
Sucre, Antioquia, Guajira, Chocó y Magdalena; manifestó que el embalse Urrá, en
Córdoba, podría haber influido en la inclemencia de las inundaciones, lo cual,
no puede interpretarse como un despropósito del señor presidente, ni tampoco
como descuido de los operadores del embalse; es posible que haya influido si es
que allí se superaba el nivel de los limites de seguridad, lo cual no significa
descuido al momento de la tragedia sino
que pudo darse fluidez natural de agua en un sistema ya sobrecargado, lo que pudo
sumar volumen y velocidad a la trayectoria descontrolada. Se supo que la
Central Hidroeléctrica Urrá I tomó medidas operativas luego de lo acontecido
como fueron, por ejemplo, el apagar sus turbinas de generación de energía para
disminuir descargas al Sinú, lo mismo que hacer uso exclusivo del vertedero, de
manera que el agua saliera solamente por el denominado, también, rebosadero.
De otro lado, se dijo que la
Autoridad de Licencias Ambientales, ANLA, inició un proceso sancionatorio dado
que el embalse, sistemáticamente, ha excedido los niveles de seguridad. Será su
tarea averiguarlo. Por lo demás, lo cierto es que, en los desastres que
llamamos naturales (Y no me refiero a este sucedido en Colombia) intervienen no
pocas veces, además de la naturaleza, acciones irresponsables por
desconocimiento, también de mala fe algunas veces, y muchas otras en razón de
prioridades: Ambiciones desbocadas por encima del raciocinio. Son muchísimas las prácticas que atentan
contra el equilibrio ambiental. Bien vale la pena recordar que cometemos
“crímenes ambientales” que nos perjudican a nosotros mismos, pero por igual, a infinidad
de seres humanos y a seres sintientes que sufren las consecuencias por hechos o
costumbres de arrogantes e insensibles. A
los habitantes de nuestro generoso planeta, bellamente nombrado por el Papa
Francisco como “la casa común”, nos urge empaparnos más de su Encíclica Laudato
Si, cuyo objetivo fue -según él mismo- “Proteger nuestra casa común por el bien
de todos, abordando de forma equitativa la crisis climática, la pérdida de
biodiversidad y la sostenibilidad ecológica”. Y si tal encíclica no fuera
tomada simplemente como “material de la Iglesia Católica” sino como texto inspirado
en principios de la convivencia humana en la “casa común”, podríamos entenderlo
y aplicarlo a manera de guía para la educación ambiental.