Al día siguiente de la posesión de Federico Gutiérrez como alcalde de Medellín, es decir, el 2 de
enero de 2016, el editorial de El Colombiano, en alguno de sus apartes decía con respecto al mayor
reto del gobernante local, dadas las características de la capital antioqueña, que “…se trata de una
misión superior en una ciudad que busca eliminar alianzas siniestras…”.
En la misma fecha, por nuestra parte, escribimos: “Erradicar el mal al que se refiere el medio
antioqueño, no es un desafío muy difícil de lograr, es más bien imposible. A mi modo de ver (y no por
simple pesimismo o desconfianza frente al nuevo mandatario) son varias las razones que hacen de
ese propósito un objetivo inalcanzable: Cogió mucha ventaja (el mal), las alianzas son además de
perversas, inescrupulosas, o son obligadas; y lo peor es que la ambición, como madre de la
corruptela, engendra la traición. (Traición que no es precisamente de los amigos, es a los principios
que se juran respetar por encima inclusive de la propia vida)”.
A ocho meses de terminarse la administración del ingeniero Federico Gutiérrez, nos duele
reafirmarnos en lo escrito cuando comenzaba aquel 2016 mientras pensábamos en la inmediata
puesta en marcha de los planes del nuevo alcalde; él deseaba, firmemente, cumplir sus promesas
de campaña para estar satisfecho al culminar este 2019. En ese entonces dijimos, en El Portal de
Claudia Posada, retomando el editorial en mención con respecto al mayor compromiso de Gutiérrez
y las expectativas creadas en cuanto a su nombre, corta trayectoria pública pero notoria, “frescura”
y cordialidad, esto:
“Creo en Federico Gutiérrez y en su palabra; él (es) un político distinto, afable, descomplicado y lleno
de buenas intenciones para bien de Medellín y sus habitantes; a él no le interesan las metas egoístas
que a veces obnubilan a los mandatarios, quiere logros para satisfacciones colectivas, pero si su gran
reto es “eliminar alianzas siniestras” en ese aspecto lamentablemente va a fracasar; hasta al propio
Jesucristo le iba quedando duro cumplir su plan porque se le infiltró Judas”.
Y es que a propósito de lo que recordamos en cada Semana Santa, particularmente en la re-creación
de la Última Cena, se nos presenta una mesa presidida por el líder acompañado de quienes allí
debían estar y ser leales a sus mandatos; sin embargo, Jesús sabe que entre ellos está el traidor. Es
así que hoy, ya no nos imaginamos al mandatario fijando objetivos y metas de acuerdo con sus
planes, sino al alcalde frustrado en sus deseos; y quizás ahora con la certeza de que no fue suficiente
su buena voluntad, ni el ímpetu para orientar los objetivos a cumplir; es decir, con conocimiento de
causa, él podrá asegurar, tal vez, que hay traidores al deber, a las obligaciones e instituciones, y son
ellos quienes impiden llevar a cabo lo prometido a la ciudadanía.
“Romper aquellas cadenas de ambición, las que en algunos casos están mezcladas con el miedo o la
amenaza, y meterse con quienes actúan soterradamente encubriendo verdaderos fines, es como
tratar de sacarle el veneno a una serpiente a punta de besos, o arrancarle la piel a un lobo
hambriento con mensajes subliminales”. Lo dijimos en otro párrafo del artículo publicado el 2 de
enero de 2016. Judas entonces, podríamos decir, representa a todos aquellos que de alguna manera
se atraviesan en los logros de un mandatario, por satisfacer deseos particulares.
La corrupción ha existido siempre, existe en Colombia de manera desbordada y en ella juegan todo
tipo de traiciones: Se venden ideología y conciencias; se encubren fechorías, o se participa en ellas;
se maquinan perversidades que afectan el erario, y se miente por coimas. Traicionan aquellos que
hacen tratos “chuecos” desde lo público, con los privados; los que desde sus curules benefician a
los poderosos a cambio de recompensas jugosas; los que dicen ajustarse el sueldo por debajo de
cuerda, porque es irrisorio.
La corrupción siempre existirá, y existe ahora porque se acabaron los escrúpulos, la honradez pasó
de moda, y el honesto es un “pendejo”. Entre ciertos grupos poblacionales, se ridiculiza la decencia
y se enaltece la “viveza”. La niñez y la juventud se forman en familias ambiciosas que aceptan
ingresos mal habidos, con cierta complacencia irresponsable que corresponde a mentalidades que
ignoran el daño que hacen a la sociedad, creen que su satisfacción -indudablemente banal - es
inocua, o no les importan las consecuencias.
Y ni qué decir de quienes, no siendo tan ignorantes, perteneciendo por lo demás, algunos de ellos,
a clases privilegiadas económica o socialmente -metidos en la política para aumentar sus pequeñas
o grandes fortunas- se las dan de “café con leche” y vociferan sandeces para tapar sus ambiciones
corruptas.
En tal escenario de corruptela ¿Qué creen que pueden hacer limpiamente por las comunidades, los
candidatos a concejos y asambleas, lo mismo que a las alcaldías y gobernaciones, la gran mayoría
de aspirantes que están ofertando sus nombres, sin evaluar las escasas fortalezas que tienen para
responder adecuadamente a ocupaciones de tan alta responsabilidad, como es el caso, por ejemplo,
para Medellín y Antioquia? ¿Cómo van a responder a las presiones, sin el “vuelo” suficiente para
enfrentar problemas graves ligados a la corrupción, para alcanzar los logros que les sean esquivos?
Esperemos para mayo, o en junio a más tardar, que esté decantado el abanico de aspirantes. Si no
hubo suficiente meditación en Semana Santa, que sea en Pentecostés; con la colaboración del
Espíritu Santo, confiamos en que las reflexiones nos eviten mandatarios y curules sin idoneidad,
escasos de talento, cortos de inteligencia, o ilusos. Los necesitamos, particularmente para la
Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín, con amplia y calificada trayectoria, experiencia
en el manejo de conflictos, solvencia en los conocimientos o el saber, habilidades de negociador,
reconocimiento ético, mucha decencia y carácter.
(Publicado el 23 de abril en El Reverbero de Juan Paz)