martes, 11 de noviembre de 2025

No más burlarse del electorado

 


Por Claudia Posada

Los escenarios políticos no son muy limpios que digamos. ¡Nada qué hacer! En

las luchas por el poder tal parece que la consigna es “Todo se vale”. Y no

solamente es por conquistar el poder que no se ha tenido, también por

reconquistar el que se tuvo, o por permanecer en él. Como estamos en una de las

etapas de proselitismo previas a elecciones legislativas y a escasos meses de

tener nombres definitivos para disputar la presidencia de Colombia, el ruido de las

campañas sucias confunde y en consecuencia aturde. Somos los potenciales

electores quienes más nos quejamos de cómo nos agobian los rifirrafes que no

nos dejan ponderar sensatamente considerando que en particular, quienes no

pertenecemos a ninguna rama del poder público, es decir, no trabajamos con el

Estado, no tenemos interés distinto a ejercer un derecho ciudadano para contribuir

en democracia, con el ánimo de depositar un voto que sume para llevar al poder a

los mejores que de verdad busquen el bienestar del país; aunque a veces

quisiéramos ser como aquellos que no se dañan el día viendo o leyendo la

ordinariez de propaganda que inunda las redes sociales contra opositores, y

olvidarnos de campañas políticas.

Desde las acciones de campaña hasta el ejercicio del poder, una gran mayoría de

políticos mienten, simulan, disfrazan. Se burlan de los ciudadanos. ¿A quiénes

están dirigidas las campañas? Generalmente a grupos segmentados por edades,

estratos socioeconómicos (según necesidades básicas insatisfechas en unos y ya

satisfechas en otros) características geográficas, demográficas … pero a partir de

algunos años hacia acá, buscan emocionar a ciudadanos de supuestas tendencias

ideológicas con las que dicen entusiasmarse simplemente repitiendo lo reiterativo

en los discursos de los candidatos que les gustan, sin escudriñar. En anteriores

campañas, los electores decían ser liberales o conservadores, en ese sentido

optaban por el candidato oficial de su partido; ahora, según estudios de análisis

electoral, el comportamiento político del elector es muy distinto y como tal, la

estructura de campañas sí que lo es. Por ejemplo, Gustavo Petro fundamentó su

campaña en las promesas que se asocian a igualdad de oportunidades y el

rescate de una vida digna que disminuyera la desigualdad social tan gravemente

acentuada en el país; no importó a sus electores que los candidatos de derecha

aseguraran que un candidato de izquierda llevaría a Colombia a convertirse en un

Estado según el modelo venezolano. En cambio, la explicación del porqué

obreros y trabajadores de menores ingresos votaron (y volverán a hacerlo) por el

candidato de la derecha (en ese momento Rodolfo Hernández) fue cómo caló en

ellos el decir, por ejemplo, que con un gobierno de izquierda la inversión

escasearía y con ello los empleos. La izquierda populista del “kirchnerismo” en


Argentina, por ejemplo, prometía un Estado defensor de los pobres y enemigo del

neoliberalismo. Juzguen ustedes si hubo o no engaños. Eso es ponderar y sacar

conclusiones. Hagámoslo con respecto a legisladores y gobierno actuales.

¿Por qué decir que los políticos en campaña (y estando elegidos también) se

burlan de los ciudadanos? Pues porque las redes sociales facilitan la legitimación

de contenidos concebidos para engañar o mentir, para desprestigiar y confundir. Y

ellos lo aceptan. Es por la desconfianza creada por la misma clase política y

tantísima confrontación entre las extremas, que los potenciales electores están

pensando en el centro como alternativa electoral. Se vio en la encuesta reciente

que Sergio Fajardo arrastra simpatías, sin aspavientos, lejos de las garroteras

marca preferencias; lo mismo parece atraer de Iván Cepeda, inclusive dijo que no

quiere ir a debates que se perciban como camorristas, no quiere provocaciones

hirientes. En cambio, para los candidatos y precandidatos de la derecha las cosas

no andan bien, las preferencias están muy repartidas, y entre ellos hay duras

hostilidades incluso al interior de colectividades que fueron sólidas se ve tirantez.

Acuerdos que no cuajan, alianzas que no pelechan. Les va a tocar volverse serios,

no más burlarse del electorado como lo vemos en representantes de la izquierda y

de la derecha.

Cómo nos gustaría mayor compromiso de los medios con uno de los principios del

periodismo: equilibrio informativo. Pero si de asuntos políticos se trata es en donde

menos se están respetando principios éticos.

(Publicado en El Reverbero de Juan Paz)

Confrontemos discursos con hechos antes de decidir

 

Por Claudia Posada

Estamos a siete meses de la llamada primera vuelta para elegir al presidente de

Colombia que a partir del 7 de agosto del 2026 entre a ocupar la Casa de Nariño.

La jornada electoral para ese fin es el 31 de mayo del próximo año, fecha en la

cual elegiremos presidente y vicepresidente, siendo posible que de no tener

alguno de los candidatos la mayoría, habrá un mes después la segunda vuelta

para decidir definitivamente entre los dos primeros que es definido por la mayoría

de votos. En este momento estamos en la etapa en la que se van decantando

nombres, depuración que hacen las colectividades bajo distintos mecanismos. La

izquierda, con su consulta partidista ya determinó por la participación de los

ciudadanos seguidores de sus tesis, su preferencia, y es así como será Iván

Cepeda el político que se prepara para enfrentar la campaña que termina en mayo

pero que en el momento apenas sí tiene en conversaciones a los dirigentes que

buscan concretar nombres con los que competirán por el poder del gobierno

nacional. La tarea no está fácil. Cuando los aspirantes son tantísimos, cuando no

hay firmeza de convicciones y lo que se mira estratégicamente desde

conveniencias circunstanciales, no se enmarca en afinidades conceptuales,

ideológicas y mucho menos en propósitos que rigen los principios inspiradores del

ejercicio político, aparecen más reclamos que buenas alianzas.

Mientras tanto, en las bases de los partidos y en la ciudadanía en general, las

conjeturas se fundamentan en la credibilidad o no que se percibe cuando hay

interés en mirar posturas, declaraciones y, desde luego, comentarios, entrevistas y

en las inevitables redes sociales, con su seriedad y objetividad, algunas veces, o

acomodos a libretos (inclusive en medios tradicionales) más de lo creemos. Entre

comunidades organizadas, familias y grupos pensantes y participativos que se

prestan a los análisis sin apasionamientos, y fuertes e influyentes posiciones de

contratistas de profesión; también entre sectores con interés legítimos y otros no

tanto, se da más desconcierto y desconfianza que certezas. Ser capaces de

analizar, por ejemplo, las grandes diferencias entre los discursos de Gustavo Petro

e Iván Cepeda, siendo ambos representantes auténticos de la izquierda

colombiana (no aparecidos oportunistas) testimonia la incapacidad de definir

cuándo entre tantos aspirantes, que dicen ser de derecha, centro o izquierda, hay

congruencia entre lo que se dice, se siente y se manifiesta. Traducir a lo que se

espera a la hora de gobernar, con respecto al discurso de campaña, requiere la

juiciosa interpretación que sin duda no está aún posicionada en las mentes del

potencial votante. Confrontemos discursos con hechos antes de decidir a quien le

damos nuestro valioso voto.


Empecemos por aceptar que, los valores y principios de las distintas

características de quienes se postulan como representantes de una u otra

ideología, con hechos contradicen lo que predican. Si, por ejemplo, la derecha,

propende por la preservación de la identidad cultural, y, entre otras, la defensa de

la soberanía, pero las acciones de sus representantes no se compadecen con ese

principio, no podemos decir que son consecuentes con sus posturas. Si los de la

izquierda se quedan en el discurso porque a la hora del té confieren prioridades a

sus contrarios, ameritan cuestionamientos. Y si los que se dicen de centro, es

decir, ajenos a componendas de extremas, quizás no están equilibrando la libertad

económica con la justicia social, o acaso no promueven un cambio social gradual

fundamentado en las realidades del país, o ignoran el mercado con regulación,

ponen en duda sus auténticas determinaciones.

Miremos como provechoso el amplio abanico de candidatos, aunque será la

dirigencia política (con sus grupos de presión) la que defina nombres para entrar

en la contienda, entre tantos hay figuras conocidas que ya han mostrado su

talante, otras no tanto, pero estos deberán identificar sus apoyos pues de quiénes

se rodean cuenta mucho.

(Publicado en el Reverbero de Juan Paz)