Por Claudia Posada
Estamos a siete meses de la llamada primera vuelta para elegir al presidente de
Colombia que a partir del 7 de agosto del 2026 entre a ocupar la Casa de Nariño.
La jornada electoral para ese fin es el 31 de mayo del próximo año, fecha en la
cual elegiremos presidente y vicepresidente, siendo posible que de no tener
alguno de los candidatos la mayoría, habrá un mes después la segunda vuelta
para decidir definitivamente entre los dos primeros que es definido por la mayoría
de votos. En este momento estamos en la etapa en la que se van decantando
nombres, depuración que hacen las colectividades bajo distintos mecanismos. La
izquierda, con su consulta partidista ya determinó por la participación de los
ciudadanos seguidores de sus tesis, su preferencia, y es así como será Iván
Cepeda el político que se prepara para enfrentar la campaña que termina en mayo
pero que en el momento apenas sí tiene en conversaciones a los dirigentes que
buscan concretar nombres con los que competirán por el poder del gobierno
nacional. La tarea no está fácil. Cuando los aspirantes son tantísimos, cuando no
hay firmeza de convicciones y lo que se mira estratégicamente desde
conveniencias circunstanciales, no se enmarca en afinidades conceptuales,
ideológicas y mucho menos en propósitos que rigen los principios inspiradores del
ejercicio político, aparecen más reclamos que buenas alianzas.
Mientras tanto, en las bases de los partidos y en la ciudadanía en general, las
conjeturas se fundamentan en la credibilidad o no que se percibe cuando hay
interés en mirar posturas, declaraciones y, desde luego, comentarios, entrevistas y
en las inevitables redes sociales, con su seriedad y objetividad, algunas veces, o
acomodos a libretos (inclusive en medios tradicionales) más de lo creemos. Entre
comunidades organizadas, familias y grupos pensantes y participativos que se
prestan a los análisis sin apasionamientos, y fuertes e influyentes posiciones de
contratistas de profesión; también entre sectores con interés legítimos y otros no
tanto, se da más desconcierto y desconfianza que certezas. Ser capaces de
analizar, por ejemplo, las grandes diferencias entre los discursos de Gustavo Petro
e Iván Cepeda, siendo ambos representantes auténticos de la izquierda
colombiana (no aparecidos oportunistas) testimonia la incapacidad de definir
cuándo entre tantos aspirantes, que dicen ser de derecha, centro o izquierda, hay
congruencia entre lo que se dice, se siente y se manifiesta. Traducir a lo que se
espera a la hora de gobernar, con respecto al discurso de campaña, requiere la
juiciosa interpretación que sin duda no está aún posicionada en las mentes del
potencial votante. Confrontemos discursos con hechos antes de decidir a quien le
damos nuestro valioso voto.
Empecemos por aceptar que, los valores y principios de las distintas
características de quienes se postulan como representantes de una u otra
ideología, con hechos contradicen lo que predican. Si, por ejemplo, la derecha,
propende por la preservación de la identidad cultural, y, entre otras, la defensa de
la soberanía, pero las acciones de sus representantes no se compadecen con ese
principio, no podemos decir que son consecuentes con sus posturas. Si los de la
izquierda se quedan en el discurso porque a la hora del té confieren prioridades a
sus contrarios, ameritan cuestionamientos. Y si los que se dicen de centro, es
decir, ajenos a componendas de extremas, quizás no están equilibrando la libertad
económica con la justicia social, o acaso no promueven un cambio social gradual
fundamentado en las realidades del país, o ignoran el mercado con regulación,
ponen en duda sus auténticas determinaciones.
Miremos como provechoso el amplio abanico de candidatos, aunque será la
dirigencia política (con sus grupos de presión) la que defina nombres para entrar
en la contienda, entre tantos hay figuras conocidas que ya han mostrado su
talante, otras no tanto, pero estos deberán identificar sus apoyos pues de quiénes
se rodean cuenta mucho.
(Publicado en el Reverbero de Juan Paz)