Sobre el festival de brujería que organizó Comfama y que se llevó a cabo en
Medellín este 16 y el 17 de octubre, la caja de compensación en su página refirió
así al certamen: “Brujería hace un llamado a celebrar, entender y valorar la
otredad y las experiencias espirituales diversas (negrilla del original) en sus
distintas manifestaciones y celebraciones rituales y materiales. Durante los dos
días se presentarán demostraciones rituales colombianas como la Yonna guajira o
los alabaos interpretados por cantaoras del Pacífico. También celebraremos los 50
años del icónico primer Congreso Mundial de Brujería, con charlas sobre historia,
feminismo, arte y espiritualidad. Exploraremos la conexión de la cocina con los
saberes ancestrales, como primer laboratorio de alquimia. Miraremos a las
estrellas no para predecir un destino, sino para comprender el presente. Además,
podremos cantar y bailar con Amanrouge y su romanticismo gótico, Bella Álvarez y
Gabriela Poncese”. ¡Qué novedoso! O sea que, culturalmente y desde el punto de
vista de vivencias que siguen existiendo entre algunas comunidades milenarias y
en sentires comunes en nuestros propios ancestros no tan lejanos, u otros aún
entre nosotros, los asistentes comprendieron -o se “encarretaron” tal vez- con
testimonios de la esencia, o esencial, de mitos y rituales que se remontan a
civilizaciones antiguas, aunque no faltarían las narrativas más nuevas cargadas de
figuras como las adivinas; muchos recordaron seguramente textos literarios o las
tradiciones orales que hablan de creencias y prácticas mágicas y es muy posible
que supieran de supersticiones que sobreviven a la modernidad. En todo caso,
fueron dos días para los que programaron “charlas, exposiciones, rituales,
mercado y conciertos”, anunciaba Comfama en la promoción que hizo de su Feria
Popular de Brujería.
Creo que no haya ninguna otra caja de compensación en el país, como la Caja de
Compensación Familiar de Antioquia, Comfama. Es completísima en todo lo que
respecta a ofrecer cursos y talleres dirigidos a distintos grupos por edades,
necesidades y gustos, tienen actividades de formación en escritura, idiomas y
tecnología; programas de vacaciones, adiestramiento deportivo, recreación, y
hasta planes de vivienda; la entidad señala que a sus afiliados y a la población en
general, con trifas diferenciadas, brinda “clases de yoga, danza, cocina y arte,
además de planes de gimnasio, asesoría en salud mental, terapias y programas
para reducir el estrés, mejorar la memoria y la autoestima. Vive experiencias que
nutren cuerpo, mente y espíritu, mientras alcanzas tus metas de salud y felicidad”.
Es decir, yo me quedo corta en enunciar su oferta, pero lo que quiero significar es
que hablar a la ligera por convencimiento o para dárselas de muy cristianos,
religiosos o temerosos de Dios, satanizando la feria popular con el nombre
“Brujería”, rasgándose las vestiduras, es ignorancia, o hipocresía. A los
espantados con el nombre de certamen, les hubiera convenido darse una pasadita
por alguna charla evitando prejuicios.
Deberíamos pensar si acaso Colombia está pasando por otra crisis grave:
“Fanatismo estructural”. Éste se manifiesta en lo religioso (como ocurrió a raíz de
la feria popular brujería) pero marcadamente en lo político, aunque no falta en uno
que otro episodio deportivo; sin olvidar que hay fanáticos religiosos que llevan sus
creencias radicales al campo político y lo amalgaman fundiendo juicios y credos.
Fue así como hubo épocas de la violencia colombiana en la que desde algunos
púlpitos se predicaba con odio en contra de idearios liberales. Ahora son los
discursos incendiarios de las extremas los que mezclan fe con doctrinas, ideología
y supersticiones. Candidatos presidenciales que antes de su aspiración se
declaraban ateos, ya resultaron fieles seguidores de Cristo por conveniencia
electoral. El mismo fanatismo estructural hace que una sociedad se enferme. Así
sentimos el país, enfermo. Se alteró la salud colectiva por razones de distinta
naturaleza, y entre tales orígenes está la polarización política. La clases dirigentes,
económicas y políticas perdieron la noción de bienestar común. Desde las
instituciones que contemplan sus deberes como mera disculpa para defender lo
que llaman “independencia de poderes”, salen voces descompuestas que atizan
las hogueras, con sus enfrentamientos interminables.
Pero no es solamente en las altas esferas, ni únicamente en los escenarios de
poder y decisión en donde se olvidó la sensatez, el buen juicio, la sabia
ponderación para sanar el clima enrarecido que nos agobia; no, otros espacios
son invadidos también por el accionar irreflexivo, la imprudencia, e intolerancia
demostrada con agresiones, o con amenazas bate en mano como la actitud
beligerante del concejal de Medellín que vociferó sandeces en una reciente
marcha en la que muchos hicieron pacíficamente uso del derecho a la protesta,
mientras otros, cubriendo con capuchas sus malas intenciones, fueron violentos.
Es difícil para nosotros los ciudadanos del común, entender el porqué del
descontrol que impide lo que esperamos de la fuerza pública, individualizar a los
vándalos. Pero volviendo al tema de la “brujería”, sorprende que se alcen voces de
figuras públicas, y salgan con pancartas ciudadanos en distintas ciudades, muy
enfadados por ese tipo de certámenes que duró dos días, reclamando el supuesto
malgasto de los recursos de Comfama; y en cambio, los pronunciamientos de
alcaldes como el de Medellín, casi a diario, insistiendo en polarizar, sin duda con
tono arrogante y pendenciero, no produce malestar público, siendo evidente que
sus posturas manifiestas, lo mismo que las del presidente Petro por el
enfrentamiento que mantienen, agudizan el fanatismo estructural ideológico que
ambos alimentan con sus rabias personales.