Insustituible, dice la comunicación
divulgada por César Pérez Berrío, Presidente del Club de la Prensa, refiriéndose
al periodista Antonio José Caballero, fallecido ayer. Y así es, se dice que todos
somos reemplazables, pues la verdad es que en el reporterismo colombiano de las
últimas décadas, nadie como él. Con esa
pasión, con tal convicción de su deber, con su carácter recio, y la capacidad
de estar siempre en donde un excelente reportero debía estar, para mí, ninguno como
él.
Maestros del periodismo colombiano pueden existir otros, pero
del auténtico reporterismo, el de la calle, sin temor ni arrodillamientos, el de
la búsqueda seria para el equilibrio informativo y la mayor objetividad posible:
Antonio José Caballero.
Decir, como lo he oído desde
anoche, que Caballero es “ejemplo para las actuales y futuras generaciones del periodismo”,
es utilizar una frase tan manida como falsa, lo que a él lo movía a trabajar
como lo hacía, no se asume por el simple deseo de parecerse al modelo; esa
actitud frente a una misión profesional, individual, se lleva en la sangre, en
la mente, en el corazón. Antonio José
Caballero tenía olfato periodístico, habilidades para el oficio y mucha sensibilidad
social.
Profesionales y empíricos del
periodismo los hay buenos informadores, así como tenemos importantes entrevistadores, pero de ahí a
creer que se pueda hacer reporterismo
desde la casa y por teléfono, hay una enorme distancia.
El reconocimiento que da el compromiso
auténtico, frente al deber ser o esencia misma del trabajo reporteril, jamás lo alcanzarán aquellos, dizque periodistas, que se las dan de reporteros “especializados”
creyéndose protagonistas, cuando debemos
entender que apenas somos puentes; esos
que se pavonean como reyecitos entre las fuentes y se autoproclaman “estrellas”,
nunca llegarán ni a los tobillos de lo
que fue Antonio José Caballero.
Siento profundamente la muerte
de Caballero, él era necesario en el periodismo colombiano por su
universalidad, su independencia, su formación y cultura; él era imprescindible
para hacernos sentir a los periodistas en nuestro país, que para el mundo, teníamos
a un colega representándonos con sobradas fortalezas para ejercer el oficio con
alto sentido del compromiso ético; él inspiraba respeto cuando se acercaba a
sus fuentes, no por su carácter severo, sino por su intelecto.
En la personalidad de Caballero
llamaba la atención, sin duda alguna, que sabía estar en cualquier parte respetando las
diferencias, las culturas y sobre todo las dignidades; por lo demás, su presentación
era impecable, acorde con el sitio, el compromiso y las circunstancias.
Como todo ser humano, Antonio José
Caballero tenía defectos, el más notorio fue su mal genio, explotaba por
pequeñeces, se irritaba fácil en el entorno laboral - y es posible que en el familiar y social, no
lo sé- por eso, no lo niego, además de haberlo admirado enormemente, me sentía
identificada con él pues sé cómo sufrimos los que tenemos esa debilidad.
Lo llevaré por siempre en mi corazón.
Paz en su tumba.