Qué pena con las feministas radicales, pero tengo que socializar lo que pienso hace años. Eso de la igualdad entre hombres y mujeres –tan mal entendido- hizo que un alto número de madres prefirieran irse a trabajar a la calle (y no es en esto exactamente en donde radica el conflicto) dejando de lado completamente sus deberes de cuidadoras de sus hijos; creo que no se hizo énfasis en que la igualdad de géneros no significa poner por encima de la crianza de los hijos, el competir con los hombres (algunas lo están haciendo más en lo malo que en lo bueno de ellos) y tampoco dijeron suficientemente que en la equidad cabe plenamente compartir modelos para la educación y el cuidado de los hijos.
A los señores – no a todos desde luego- les parece buenísimo que sus mujeres trabajen para que a ellos les rinda más el salario y tener entonces para darse sus “gusticos”. Para algunas mujeres sus sueldos son en un alto porcentaje para comprarse ropa - la sociedad de consumo nos está matando- cosméticos, alhajas, zapatos, cremas para prevenir las arrugas, etc. etc.
Cuando se trata de acceder a ciertos cargos, los criterios de selección –priorizados por los hombres - se centran en los atributos físicos de las aspirantes antes que en sus competencias, así que muchas mujeres dedican gran parte de su plata y tiempo en arreglarse lo que “midiocito” no les dio, así sacrifiquen las necesidades físicas y emocionales de sus hijos.
En cierto tipo de familias que lastimosamente abundan, poco se relacionan los hijos con sus mamás, y definitivamente -en el día y hasta en las noches- los niños están en manos de una persona ajena a sus lazos de sangre, o solos. (En el mejor de los casos con el papá que es más casero que la mamá, o a merced de un padrastro).
Los niños y jóvenes de hoy presencian momentos muy dolorosos para ellos, protagonizados por sus padres (o por la mamá que, sin marido, padre de ese hijo, no dimensiona el daño de una vida desordenada a partir de su “soledad” y desde el punto de vista de la vida en pareja) y parece que a esos papás y a esas mujeres no les preocupan los sentimientos que están sembrando o despertando en sus hijos menores.
En otras épocas, las mujeres estaban muy presentes y atentas a los cambios, actividades, gustos, amigos y necesidades de sus hijos; y si acaso no era posible remediarles sus antojos normales, les sabían justificar esas carencias con las mejores y sinceras explicaciones. Ahora en cambio, en muchos casos, darle a los hijos gusto en necedades, parece que satisface los “remordimientos” de sus desorientadas madres.
La ternura de las mamás de antes –abundante como para repartir por igual en todos los hijos que tuvieran- se trasformó en insatisfacción laboral, económica, sexual y de reconocimiento personal y social. (Aquí sí que les cabe culpa a muchos hombres).
Esposas aguantadoras hasta la bobada no es el caso, lo preocupante es que algunas mujeres de ahora, en vez de conversar con sus esposos -o compañeros sentimentales- sobre lo que puede estar afectándolos como pareja, y afectando a los hijos, para poder seguir adelante sin hacer daño, o romper pero decentemente, se ocupan más bien de buscar afuera desesperadas, lo que se les perdió al interior del hogar y de ellas mismas.
Algunas mamás que sufren carencias reales o inventadas por la sociedad, otras que no han tenido el acompañamiento familiar, laboral, social (salud y educación) o profesional oportuno, y muchas que están sufriendo desordenes emocionales por circunstancias personales o del entorno (y no pocas veces por ambas situaciones) están descargando sus miedos, rabias y desilusiones en sus hijos; resultado de ello es el maltrato infantil, situación que hoy en Colombia es de una gravedad extrema.