Me mandaron el artículo “Bobitos No” escrito por Esteban Carlos
Mejía; y sentí indignación al leerlo pues allí el autor nos mete a
todos los antioqueños en el mismo costal que tanto me choca: el de los “vivos”.
En mi sentir es muy cierto lo que el columnista afirma sobre esa mentalidad de
tumbadores con la que nos relacionan a los paisas, pero de ahí –lo
que ya es bastante grave porque es verdad- a generalizar, hay mucho trecho.
Según Mejía, a nuestros hijos los formamos con una estructura
–interpreto yo- más peligrosa que la de las torres del Conjunto Residencial
Space; se deduce de su escrito que todas las familias paisas
nos desplomamos frente a cualquier señita de plata sea cual sea su procedencia
y no nos importa ni cinco si para conseguirla hay que aprovecharse de los
demás. Qué pena con el respetable señor Esteban Carlos pero no a todos nos
formaron en esa “cultura” ni todos los papás estamos educando a nuestros hijos
con esa mentalidad. Si de algo nos sentimos orgullosos miles de hijos en este
Departamento, es de haber recibido como herencia una frente en alto, obrar en
consecuencia y dar a nuestros descendientes exactamente el mismo ejemplo.
Y ¡ni se diga! en cuanto a la satisfacción que nos despierta el ver a
los hijos comportándose conforme a principios de sana
moralidad, (tampoco como mojigatos) como ciudadanos de bien, eso
no tiene comparación, es un sentimiento tan hondo y grato como lo sería de
tristeza, vergüenza y desilusión si fuera lo contrario lo que viéramos en
nuestros seres queridos.
Reitero eso sí, ni modo que se pueda negar, centenares de “vivos” también
existen entre las montañas que nos rodean, y lo más penoso es que les parece
mucha gracia aquello de “bobito no”.
Que los hay, los hay, y son muchos, se notan sobre
todo en los pueblos y ciudades pequeñas; a Medellín han llegado
desde años atrás y siguen llegando; se camuflan bajo diversas
máscaras, inclusive algunos hacen de políticos “generosos”, de esos hay decenas
que llegaron pobres, pero eso sí, cargados de malicia, y se llenaron de plata.
Aun así, siendo tumbadores de fama, muchos paisas siguen haciendo
de las suyas y siguen los ingenuos cayendo en manos de los hábiles
“enredadores”. En cuanto a mujeres “fieras” sí que las hay también, son “muy
avispadas” ellas, como dicen las mamás de esas “angelitas”. Innegable también,
antioqueñas templadas, buenas para formar honradas y muy decentes familias, son
la mayoría - de ayer y de hoy- sin duda alguna.
La llamada “malicia indígena” se ve a diario y se seguirá viendo; es la
misma que aún conservan los descendientes directos de los que usaban taparrabo,
ya “civilizados”, e igual la evidencian los que siguen perteneciendo a las
comunidades que reciben y reciben privilegios representados en –esas
sí- verdaderamente generosas ayudas; particularmente les pertenecen
–sin esfuerzo alguno- tierras gratuitas para que cultiven y alimenten a
su hijos, pero ellos prefieren dejarlas aunque las tomen otros para
cultivos ilícitos, aquellos dueños naturales las abandonan y simplemente se
hacen los bobos (que de eso no tienen un pelo) para seguir viviendo
del cuento porque de esa manera no tienen que sudarla como la sudan centenares
de antioqueños trabajadores, honrados, luchadores y “rebuscadores a lo bien”,
ejemplo de generaciones.
Ah, pero volviendo a los dueños de tierras sin sudarlas,
vimos hace poco que si no les dan otras garantías que piden,
en todo caso que no sean tierras para cultivar con juicio, salen a bloquear las
vías –con todo el daño que esto acarrea - y a tirar piedra a la fuerza pública,
porque para eso si tienen ánimos, pero para trabajar la tierra que les dio la
Constitución por derecho propio, son unos pobrecitos desamparados.
Me duele profundamente ver a los niños indígenas tirados en las aceras
de Medellín aprendiendo a vivir del cuento; como sería de
maravilloso que sus padres los tuvieran disfrutando de sus
condiciones naturales, aprendiendo de las gentes buenas que llegan a esas
comunidades a impartir conocimientos diversos para una vida digna dentro de su
propia cultura; pescando en los ríos, criando especies menores para
alimentarse, cosechando y gozando de la belleza imponente y limpia de sus
territorios.
De esos niños que vemos tirados con sus mamás en las calles de Medellín,
algunos van a crecer en la miseria y van a querer cuando grandes salir a tirar
piedra y a bloquear vías porque no les enseñaron a trabajar con berraquera y
decencia; otros, ojalá sean muchos, van a ser atendidos por alguna institución
que los protege y les da la educación que necesitan para que entren a formar
parte de los miles y miles de ciudadanos de bien que salen adelante en
Antioquia sin necesidad de llevarse por delante a los demás.
Y es que hablando de “tumbis” son muchas las formas de sacar provecho de
los ingenuos; por ejemplo: sabemos que hay algunos individuos en Colombia
que se hacen pasar por “sacrificados en nombre de la
Patria”, nos tumban cada rato con sus leyes ejerciendo un oficio muy
legal por cierto, bien remunerado, y les seguimos creyendo aunque
son unos vivos. Por lo demás, todos no son antioqueños mi respetado señor
Carlos Esteban, ni todos –aunque parece que la mayoría si- pertenecen al club
de “bobitos no”.