Qué sensación tan maluca la que
nos invade a los colombianos. Nos sentimos metidos en una nube oscura en la que
se mezclan el desasosiego, la
desconfianza, la incredulidad, el temor y la desesperanza. Los colombianos, por cierto tan condescendientes y dados a
“buscarle la comba al palo” parece que por fin estamos aceptando que han
abusado de nosotros y hemos sido pusilánimes ante la realidad.
Estamos siendo manipulados desde
muchos frentes, nos sentimos engañados por los dueños de las decisiones y el
poder, nos vemos amenazados en todas las esquinas, de día y de noche; no
confiamos en quienes deberían ofrecernos seguridad; vemos enemigos en todas
partes y no es por paranoia sino porque estamos entendiendo que los malos no
son tan poquitos sino que además de ser muchos se agazapan y camuflan.
La corrupción llegó a tal grado
de permisividad y aceptación que repugna.
Observamos con angustia que la agresividad se convirtió en arma de uso
cotidiano, como respuesta a cualquier insignificante mal entendido o frente a una posición que no
coincide con la nuestra. Es el mecanismo de defensa que precede a la violencia
declarada de todos contra todos.
Reaccionamos contra quienes
deberían recibir especial atención y cariño: los niños. La niñez colombiana es
abusada por sus propios padres, en las guarderías no los cuidan debidamente y
hasta suceden casos aterradoras que, a pesar de la gravedad, no despiertan ni
siquiera la intención de liderar como
mínimo una marcha; no, ese no es motivo para levantar las voces estrepitosas defendiendo
deseos individuales, que poco benefician al gran colectivo que es Colombia, así
sean legítimas y necesarias.
Por la corrupción los niños
sufren hambre, por “mandato cultural” los pequeños indígenas son retirados de
los lugares en los que les están prestando atención urgente, por capricho de
unos cuantos poderosos se hacen reformas “a conveniencia” y se dejan de hacer las fundamentales.
Los honorables miembros del
congreso colombiano, tanto de la cámara alta como de la baja, se motivan, en su
gran mayoría, solamente frente a debates que les signifiquen más gabelas y
beneficios excesivos para ellos en particular o para sus protegidos y
parentela. No son legisladores pulcros, son más bien negociantes para que siga la guerra ignorada, esa que mata
familias, jóvenes y ancianos, caídos en desgracia por la desigualdad.
Nos sentimos muy confundidos. No
tenemos certeza de quiénes son, entre aquellos que dizque
nos representan, los que, amalgamados con organizaciones vandálicas y
guerrillas maliciosas, se olvidaron hace rato de su deber. Somos un
pueblo burlado, atropellado, deseoso de un respiro que nos aliente para seguir
en la lucha, así sea desigual y dolorosa,
pero que permita recobrar un poco la esperanza que nutre la sobrevivencia decente y la formación en
valores.
“En manos de la clase dirigente
y la clase política, están el presente y
el futuro de Colombia” Cómo suena de aterradoramente hueca esta manida frase. En estos momentos nos
vence la desconfianza que nace de las actuaciones infames de aquellos que hacen
parte de los privilegiados. ¿Acaso su arrogancia y apetitos personales, les
impide ver que existen altas posibilidades de que el pueblo explote violentamente,
harto de tantas payasadas, burlas y necesidades mínimas no satisfechas? Es evidente que a
tales personajes no les interesa el pueblo sino para reclamar el voto que los
mantiene en su posición de privilegio.
Aunque también hay que decirlo, no
solamente a los personajes que desde las altas esferas de poder y decisión
pisotean al pueblo, les cabe toda la culpa del caos que padece Colombia, a los
electores también nos cabe mucha culpa. Mantenemos en sus zonas de confort a
los mismos que desde su ideología de izquierda, derecha o dizque moderada y
democrática, construyen discursos almibarados y populistas, o
“libretos” acomodados según el momento y lugar, piezas teatrales de tal creación que escapan al mejor olfato adiestrado para descubrir engaños.
Estoy desconcertada como muchos
colombianos, porque me siento totalmente desinformada, dudo de todo lo que
oigo, me horrorizan las noticias locales y nacionales, pero sigo alimentando la
credibilidad en ciertos actores de la vida pública. Nuestro Alcalde de
Medellín, Federico Gutiérrez, me inspira confianza pues creo que es sincero y
de buenas intenciones, creo en su gabinete aunque reconozco su inexperiencia,
pero es bueno pensar que el cambio y al renovación política nos traerán buenos
vientos.
A la vez tengo profundos temores.
Siento que en Medellín se cuecen alianzas malignas amparadas en actuaciones
perversas de quienes tienen tambaleando la institucionalidad.
Gutiérrez, el mandatario local,
nombró para la gerencia del centro a una mujer sin duda inteligente, que
gestiona y sabe por dónde meterse, de trayectoria: Pilar Velilla Moreno. No
dudo de su compromiso porque sé que no es
la burócrata que calienta silla,
es diligente y arriesgada. ¿Pero cuando hay interesados en mantener el
caos, y hay precisamente elementos sospechosos en las instituciones que más se necesitan para restablecer el
orden, serán suficientes los inmensos deseos de servir que acompañan a Pilar
Velilla?
Seguiré aferrada a mi optimismo y
voy a confiar en que van a dejar que Federico Gutiérrez pueda sacar adelante sus
más importantes anhelos, y que a Pilar -brillante mujer y destacada profesional que
nos hace sentir orgullosas colegas suyas, a las comunicadoras sociales- le van a colaborar para el éxito de su labor
e iniciativas. Estoy segura de que su proyecto con respecto al centro de
Medellín es ambicioso pero realizable, siempre y cuando no se lo vayan a
torpedear, soterrada o abiertamente.
Nuestro Alcalde y su buena
gerente para el centro, necesitan inmenso apoyo de la ciudadanía, de las
instituciones y de las fuerzas vivas de la ciudad.