No voy a marchar el sábado 2
de abril aunque aseguren que es un llamado de atención al gobierno, que es una
acción de rechazo por lo que padecemos en Colombia, y una actividad convocada por
iniciativa ciudadana desde el sentir de
colombianos cuya ideología no es precisamente la del Centro Democrático e
inclusive motivada por quienes no hacen militancia política. Tengo, obviamente, mis razones para no acompañar a los
centenares de ciudadanos que, haciendo uso de un legítimo derecho, saldrán a
las calles usando atuendo amarillo, azul o rojo, pero en todo caso blanco no,
según la consigna de los convocantes
.
Cuando el presidente Santos
anunció el inicio de las conversaciones me alegré muchísimo; no porque creyera
que con Santos todo sería más fácil, no porque pensara que a los anteriores
mandatarios les faltaron condiciones que el actual si tiene, o porque sea
santista incondicional, no; tampoco porque quiera
estar en contra de Uribe y los uribistas,
nada de eso; simplemente porque anhelo
fervientemente que uno de los males que padecemos en el país que amamos, por
fin finiquite, pues al otro mal que nos hace hundir en la miseria, la corrupción, no le veo salida.
Sin embargo, lo que ha
pasado en el proceso que busca el acuerdo para la paz - y que tiene tantos contradictores pugnaces, tan
persistentes en su oposición como el propio Santos en su objetivo- nos ha
hecho pensar, ya en este punto y hora, a quienes defendemos las conversaciones
animados por altas dosis de esperanzas, que
los representantes de los grupos guerrilleros ponen algunas condiciones tan difíciles
de entender que, me parece ver a los negociadores exponiéndolas, y para sus adentros diciendo: ¡Y si así no les
parece, de malas!.
Tampoco puedo admirarme de que el pueblo colombiano no apoye al presidente
Santos en su deseo de sacar adelante su
objetivo, esa actitud sí que me hace
pensar en que los jefes de la guerrilla - quienes por lo demás no tienen ningún
afán de concluir las negociaciones pues
no tienen periodo fijo para su mandato como si los presidentes de Colombia- mientras más polarizados nos ven, más deben repetir: “Si el pueblo no lo
apoya mejor para nosotros ¿ ellos? ¡de
malas!”.
Si los acuerdos finalmente no
se concretan, ante semejante fracaso de Santos los guerrilleros pierden (pero
desde luego los del monte, no los negociadores) al
igual que perdemos todos como pueblo
colombiano. Los uribistas, que en tan
desafortunado caso para Colombia, serían los triunfadores desde su sórdida posición y extraña
manera de “amar la patria”, alzarán su voz en coro para repetir con enorme
satisfacción: ”Le ganamos a Santos, los enmermelados: ¡de malas!”.
¿De malas Santos? No, de
malas todos nosotros los colombianos del montón. Dándose el fracaso que anhelan los incondicionales de
Uribe, se sacrifica el país, pero satisfacen
su ego. Santos no pierde nada, cuando más dirá: ”Todo lo intenté, lo que me fue posible lo hice pero no me apoyaron;
yo me voy porque no tengo ninguna necesidad de aguantarme a Uribe, y los que se
quedan aquí padeciendo los horrores de la guerrilla ¡de malas!”.