Por: Claudia Elena Posada
“Ponerse la patria al hombro” es una
de las tantas frases del sacerdote jesuita Jorge Bergoglio, que ponen a pensar; fue pronunciada en la
época de la Argentina posterior a la
crisis del 2001, y cabría hoy para Colombia.
Estando recién nombrado como Presidente
de los argentinos Néstor Carlos Kirchner, en 2003, durante los oficios religiosos
presididos por el hoy Papa Francisco, en aquel entonces Obispo de Buenos Aires, en presencia
del mandatario invitó a “ponerse la patria al hombro”.
Un año después Kirchener decidió
no volver a los Tedeum oficiales precedidos por el prelado de la iglesia
católica, pues parece que se sintió aludido en la homilía que criticó a “los que
se sienten tan incluidos que excluyen a los demás, tan clarividentes que se han
vuelto ciegos”. Y nunca más se encontraron cara a cara.
No es entonces extraño que ahora
se reconozca en el Papa Francisco a un cardenal profundamente defensor de los desposeídos,
que por lo demás “revuelca” frecuentemente a líderes y mandatarios del mundo con sus freses revestidas
de verdad y caridad cristiana, pues su gesto
favorito es el de la misericordia inspirada en el amor.
Hoy, como aquella vez Kirchner, algunos
poderosos se molestan con las posturas del papa argentino quien se caracteriza por su sencillez, sentido del
humor, sabios consejos y un estilo muy particular de vivir su cotidianidad. Sus
amigos de siempre, siguen siendo sus amigos de siempre.
Como descendiente de italianos,
el Cardenal Bergoglio conoce perfectamente el idioma que en su niñez compartió
con la familia paterna; sus abuelos, su futuro padre (que llegó a la Argentina
de 24 años) y sus tíos, desembarcaron en Buenos aires en 1929. Además del
italiano, habla el francés y el inglés.
Jorge Mario Bergoglio, el primer
jesuita papa del mundo, sintió la vocación sacerdotal a los 21 años, ya siendo tecnólogo
químico. Se ordenó sacerdote a los 33; fue profesor de literatura y psicología,
y Licenciado en Teología y Filosofía.
En el libro “El Jesuita”, narran las conversaciones entre el Arzobispo Bergoglio -poco después de haber sido elegido papa Benedicto
XVI, a quien se le conoce como la “mente teológica” de Juan Pablo II- con los periodistas Sergio Rubin, argentino, y
Francesca Ambrogetti, italiana. A ellos Bergoglio les dice que sus inquietudes políticas
no pasaron del plano intelectual.
En una de esas entrevistas para
la publicación de “El Jesuita”, Jorge Mario Bergoglio habla de un proyecto
de nación y la necesidad de una cultura del acercamiento. “Somos unos tontos
que no sabemos ponernos de acuerdo”, les dijo. “Insisto: nos cuesta mucho el
encuentro; tendemos, más bien, a señalar lo que nos separa y no lo que nos une.
Me animaría a decir que nos encanta guerrear entre nosotros”. (Cualquier parecido
con Colombia…)
A renglón seguido, los
periodistas le preguntan ¿Cómo se avanza hacia una cultura del encuentro? Y el Arzobispo de Buenos Aires responde: “Por
lo pronto, reflexionando a fondo sobre lo que es la cultura del acercamiento
humano. Una cultura que supone, centralmente, que el otro tiene mucho para
darme, que tengo que ir hacia él con actitud de apertura y escucha, sin prejuicios,
o sea, sin pensar que porque tiene ideas contrarias a las mías, o es ateo, no
puede aportarme nada. (…) Así, terminamos fomentando el desencuentro que, a mi
juicio, alcanza la categoría de una verdadera patología social”.
Por las anteriores afirmaciones del
dignísimo visitante que tendremos en Colombia, en aquel entonces Cardenal de
Argentina, los periodistas le preguntaron: ¿“Es sólo una cuestión de prejuicios
o hay algo más? Y su respuesta cabe para Colombia:
“Creo que también es un problema
comunicacional fomentado en tres acciones: la desinformación, la difamación y
la calumnia. Para mí, la desinformación es una actitud peligrosa, porque decir
una parte de la verdad, desorienta al receptor”. (¿Qué pensará hoy con lo que
rueda por las redes sociales?).
El primer viaje internacional que
hizo el jesuita Jorge Bergoglio fue a Colombia. A nuestro país viajó a
Medellín, con ocasión de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe. El año de este acontecimiento es para algunos autores 1968, para
otros 1969.
Jamás pensó el hoy carismático Papa
Francisco, que volvería a Medellín en su condición de máximo jerarca de la
Iglesia Católica, y mucho menos que este encuentro produciría tal controversia
en Colombia, por los ribetes políticos que le quieren colgar a su bondadosa
visita.