viernes, 7 de febrero de 2014

IMPLOSIÓN DE ILUSIONES

Debe ser muy  triste presenciar la implosión de un edificio en el que en segundos se esfuma el apartamento que, generalmente, se compra con un montón de ilusiones; cruel, muy cruel, que en segundos desaparezcan  los muebles que se eligieron, los cuadros que se colgaron y tantos otros elementos que, cuesten mucho o poco, son parte importante, en menor o mayor grado, de nuestras pertenencias. Y todo porque a un grupo, o a alguien, le dio por priorizar  perversamente sus ganancias por encima de trabajar a la luz del  camino de  la excelencia que es el que conduce a ofrecer, honestamente, calidad y belleza.

Corrupción en el estado, corrupción en los particulares, corruptela en las fuerzas armadas… ¡qué ejemplo para las generaciones nuevas!

Frente a las informaciones que se vienen dando, de un lado y otro, y desde distintas fuentes a partir del momento en el que estalló el escándalo de las supuestas “chuzadas” a las conversaciones de La Habana,  lo mejor es aceptar que la verdad no se va a conocer y que lo único cierto es que los colombianos vivimos  en un mundo de enredos.

Inteligencia hacen en casi la totalidad de las naciones del planeta, esa labor pretende complementar el trabajo de prevención y seguridad que realizan los organismos del estado para proteger a los ciudadanos y a los territorios. “Chuzar” es muy distinto, son  repudiables acciones de escudriñar para perjudicar, y podría decirse que por más pronunciamientos que oigamos, tal vez de ninguno podemos decir que es el que sostiene la verdad verdadera.

Y tan inútil como terciar a favor o en contra de este o aquel en el asunto de las “chuzadas”, es, guardadas proporciones,  asegurar que el Alcalde Medellín es el corrupto y debe renunciar a su cargo,  o que el sucio es Gallo Riaño y que tenía muy merecida la echada. No me explico cómo se atreven a dar declaraciones contundentes frente al tema, los amigos y enemigos de uno y otro, de  manera tan evidentemente sesgada. Y peor aún, por qué los periodistas juzgan y condenan  como si ello fuera parte de su labor.

El domingo próximo, 9 de febrero es nuestro día clásico; existe también el 4 de agosto para exaltar, oficialmente, la tarea de informar, pero en general nos quedamos celebrando la fecha tradicional.

Y cómo tantas veces, volvemos a encontrarnos con la inquietud de muchos: ¿Cuál es la diferencia entre periodista y comunicador? Respondemos dando un ejemplo que ilustra,  yéndonos a otro campo totalmente distinto.

Al sastre de oficio, le llevamos una tela para que nos haga un vestido, nos toma medidas y nos pide cierta información para confeccionarlo;  él nos dice –desde su experiencia— cuál es el diseño que considera adecuado, nos habla del corte, de los detalles accesorios y del resultado esperado.

La misma tela la llevamos a un diseñador profesional, es decir, a quien estudió los componentes de  la confección de un traje para vestir a alguien en particular, o para seguir una tendencia, él trabaja de acuerdo con las enseñanzas recibidas en la academia y su propia experiencia; es posible que éste nos haga las mismas preguntas que el sastre para finalmente entregarnos un vestido tan bonito, o no, como el del sastre empírico. ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro? La academia. ¿Quién es mejor? No hay respuesta precisa.

El comunicador social (el comunicador corporativo, o el comunicador – periodista, entre otros, según la universidad en donde se prepare) recibe un título que lo habilita para ejercer la profesión en sus distintas ramas.  Periodista, en cambio, es quien ejerce el oficio de informar, de manera independiente o vinculado laboralmente a un medio de comunicación, y no necesariamente hizo un estudio de pregrado específicamente que lo acredite como tal.

De ahí que existan cargos para periodistas (necesarios en tareas informativas o periodísticas puramente) y hay cargos en los que exigen el título de comunicador, porque es requerido para otras tareas que pertenecen a la formación académica de este tipo de profesionales.

En el caso de los sastres, de los periodistas, o de tantos otros oficios, la ley no está exigiendo profesionalización; como sí, por ejemplo, en el caso de quien está al frente de una farmacia. Antes el boticario era el dueño, vendía y hasta recetaba, ahora quien está al servicio de una droguería –con la responsabilidad del establecimiento- tiene que ser Regente de Farmacia, título que da un centro de formación superior.

Felicitaciones a mis colegas, en especial a quienes ejercen con la ética y la responsabilidad propias de tan delicada labor. Felicitaciones de todo corazón a quienes están el frente de las agremiaciones que aglutinan a los periodistas de Antioquia y del país, porque desde allí apoyan el ejercicio correcto de este oficio y lo defienden de quienes lo atacan  o agreden individual o colectivamente.


·         Sinceramente, en mi caso particular, no me mueve a votar la promesa de campaña que asegura que el candidato irá al Congreso a evitar que las llamadas a celular se caigan. Eso es como si el novio le promete a la novia que si se casa con él le asegura que en la vejez no le va a dar Alzheimer. Lo mejor de las promesas – y a todos nos gustan  por eso hay que hacerlas en campaña política, pero con la verdadera intención de cumplirlas- es que sean creíbles, lógicas, alcanzables, provechosas para los grupos menos favorecidos, novedosas…