jueves, 18 de septiembre de 2014

HABILIDOSA MONSERGA

Había que ver la transmisión del debate de ayer desde la Comisión Segunda del Senado, el que, en mi sentir, dejó el mismo  sabor amargo de los tragos que pasamos a diario los colombianos.

Si el transcurrir –y resultados-  de la campaña reciente por la Presidencia de Colombia evidenció una fuerte polarización de convicciones,  la conclusión de lo visto ayer es el endurecimiento de tales  posturas  a favor y en contra del exmandatario, hoy Senador, Uribe. El deseo sincero hacia la búsqueda de la verdad se relegó para dar paso a las defensas propias y de terceros. No se debatieron argumentos sino que se atacaron personas.  

Oímos argumentaciones inspiradas en todo tipo de motivaciones, desde los sentimientos personales, emocionales, hasta los más virulentos y rencorosos, sin faltar los fastidiosamente cínicos.

El lenguaje y tono de algunas señoras, de lado y lado, riñe bastante con la necesaria mesura que exige el tema esencial –tan sumamente delicado-  del debate,  y las implicaciones del mismo; lo cual no quiere decir que esperábamos planteamientos en los que “se dore la píldora”.

Por su parte los señores –sin referirme a citante y citado- permitieron con sus exposiciones recordar acontecimientos históricos que precisamente por dolorosos no podemos olvidar a la hora de pedir y rendir cuentas. Serenos algunos, conciliadores pocos, mordaces los más. Y tampoco quiere decir que, conciliador, sea lo mismo que pusilánime; no, es que las virtudes del conciliador son esas que encontramos en declaraciones y escritos del Papa Francisco, por ejemplo, quien sabe decir francas verdades sin veneno.  (Bueno, no es que esperara símiles del Papa, no, ni de cardenales siquiera, no era el Vaticano sino el Congreso,  pero sí hubiera sido un gran avance por lo menos más  respeto y menos ponzoña).

En todo caso, después de tanta expectativa, los colombianos del montón que queríamos tener elementos para no caer en  posturas subjetivas, terminamos confirmando que definitivamente en la clase política hay escasos ejemplos de decencia y sinceridad, y muchos de habilidosa monserga.