Las voces en contra - y algunas muy
pocas a favor - de la clase de periodismo que hace Vicky Dávila, no deberían
desviar la atención de lo esencial y gravísimo que presumiblemente está pasando
al interior de la Policía.
Las denuncias señaladas, tanto
por parte del Procurador de la Nación
como por los medios, de hechos que comprometen de manera directa al General Rodolfo
Palomino, hasta ayer al mando de la Policía Nacional, al igual que otros supuestamente
llevados a cabo desde tiempo atrás por parte de miembros de esa Institución, presuntamente
con el conocimiento del renunciado Palomino López –revelaciones ignoradas en su
momento según fue reconocido a raíz del escándalo mediático que hizo rodar
cabezas- parece que transforman dramáticamente
las intenciones de la comunicadora al servicio de la FM, pues hacen de ella una villana y del General
un héroe.
No es el asunto encasillar así tan
simplemente a los protagonistas de tan bochornosas acusaciones; más bien preocupa que mientras al
General se le acepten, desde luego, sus gustos, lo demás develado por el
Procurador, se diluya en la chismografía o desdibuje en los chistes de las redes. En cambio a la periodista se le condena por su
flaqueza como ser humano, al sentirse amenazada por un gigante poderoso que cuenta con las mejores herramientas para
el bien o para el mal, como es un organismo policial.
Los asuntos íntimos no son material
periodístico, de ello no hay duda alguna. ¿Pero por qué no nos preguntamos si
acaso la señora Dávila no encontró otra forma de revelar el trasfondo de unos
hechos que son de la mayor gravedad, los cuales tenían atemorizados a miembros de la Policía Nacional
acorralados entre el deber y las presiones de quienes detentan el poder y abusan
de él? ¿Acaso la colega Vicky Dávila
tenía que renunciar a lo que ha considerado su deber como periodista, y en
consecuencia callar y ocultar las voces de quienes confiando en ella como
vocera de una sociedad - ese es el papel de quienes ejercemos el periodismo- la buscaron por su condición de
directora de un medio de amplia audiencia?
Es una ligereza hablar de “desquites”,
“odios”… Son los hechos los que deben juzgarse. No vemos ni al héroe ni a la villana,
lo cierto radica en unas actuaciones protagonizadas por dos seres humanos cuya trayectoria muestra
aciertos y debilidades. Son las irregularidades las que deben someterse a ser juzgadas por quienes
corresponde, y en ello seguramente caben sus respectivas motivaciones.
En conclusión: Estalló otro escándalo
que pronto será olvidado como tantos que revientan cada semana en Colombia.