jueves, 23 de junio de 2016

LOCURA, ODIO Y ESQUIZOFRENIA



No sintonizo al señor Fernando Londoño Hoyos pues procuro no dañarme el día con comentarios que me irritan por ser extremadamente contrarios a mi modo de ver el país. No soy plenamente tolerante, debo reconocerlo, así que me incomoda oírlo. Para llegar al punto ideal de la aceptación  frente a las diferencias, me faltan muchas fibras celestiales. Así y todo lo terrenal, eso sí,  me considero más tolerante que los absolutistas, por fortuna. 

Mis profesores en la universidad me hablaron de la importancia - prácticamente obligación y deber ético-  de lo que significa el equilibrando informativo. También  en las aulas me dejaron muy en  claro, con respecto a  la opinión en los medios de comunicación que cuando se opina, lo expresado debe ser tan nítido que no deje duda alguna sobre la motivación de lo dicho; es decir, lo expuesto,  es  decididamente  personal y como tal debe interpretarse. “Manosear” ideológicamente a la audiencia es menospreciarla.

Si yo no sintonizo al señor Londoño Hoyos,  no significa que, faltándole al respeto  a los demás, les impida  oírlo por ejemplo,  en el carro cuando un  amigo o pariente que sí lo sigue, no se lo quiera perder.  Hoy lo oí  -voluntariamente-  gracias al chat de un grupo al que pertenezco y aprecio;  bien podría haber eliminado aquel explosivo editorial compartido,  inmediatamente identifiqué su voz,  pero quise oírlo hasta el final.  Si, gracias a mis amigos de la charla virtual, sentí la necesidad de  escribir y hacerlo es saludable para el alma y la mente.

Terrorismo de palabras, no puedo calificarlo de otra manera; por lo menos a mí, así me lo pareció, me aterrorizó. No sentí propiamente el pánico que pueden despertar sus frases en un colombiano ingenuo políticamente, pero sí me impactó el pensar en la trascendencia de actos tan irresponsables amparados en un micrófono.

Dice el señor Fernando Londoño, en tono enérgico, vehemente: “…De manera pues que ya lo saben queridos amigos, queridos oyentes, queridos colombianos: O le aprobamos el plebiscito a Juanpa,  o nos manda a matar por las FARC. Ustedes decidan”. Esto lo afirmó reiterando lo dicho un poco antes en el mismo editorial cuando aseveró que  el Presidente de Colombia  “nos va a mandar a asesinar” y asegura, entre otras, que lo dicho por Santos en Medellín es “un  vulgar chantaje contra la nación”.
Además, recordó el importante editorialista: “…los borrachos, los niños y los torpes dicen la verdad”. Entiéndase en esta parte que ya había señalado Londoño Hoyos las declaraciones de Santos en la capital antioqueña como “torpes”. En esto de la torpeza del mandatario nuestro,  sí puede estarse definitivamente de acuerdo con el director de La Hora de la Verdad de Radio Red, aunque particularmente prefiero decirlo más coloquialmente: ¡Santos  si da mucha papaya a la oposición!

Bueno, yo puedo interpretar el editorial así de folclóricamente en este momento,  pero a los fieles seguidores de Londoño Hoyos, y sucesivamente  a los de estos, no creo que les sea fácil superar el pánico si creen que es cierto que se nos llegó la hora, y no precisamente la hora de la verdad, sino la hora de morir colectivamente bajo los bombas ordenadas por el Presidente “Juanpa”.

Yo me horroricé con tan desafiantes frases,  pero ya expliqué el  porqué, en cambio quienes siguen al señor Fernando Londoño  ¿cómo van a reaccionar ante la gravedad de sus afirmaciones? Para mí lo suyo es terrorismo verbal.

Gracias a un amigo que me hizo llegar una de las famosas frases de George Orwell, la que recobra plena vigencia, recordé esta otra que también es como escrita hoy:   “En nuestra época no existe la posibilidad de mantenerse fuera de la política. Todos los asuntos son asuntos políticos y la política, en sí misma, es una masa formada de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia”. Sin ser escrita por estos días y no precisamente  mirando a Colombia, lo parece.

George Orwell, aunque nació en los primeros años del siglo XX, al leerlo hay que reconocer que su mente excepcional brilló al lado de las luchas en su época, pero lo más grandiosos es que él advirtió  las realidades sociales que tienen hoy validez plena,  fue un iluminado.

“El pensamiento corrompe el lenguaje y el lenguaje también puede corromper el pensamiento”, observó Orwell por allá a mediados de los años 40s.