No sintonizo al señor Fernando
Londoño Hoyos pues procuro no dañarme el día con comentarios que me irritan por
ser extremadamente contrarios a mi modo de ver el país. No soy plenamente
tolerante, debo reconocerlo, así que me incomoda oírlo. Para llegar al punto
ideal de la aceptación frente a las
diferencias, me faltan muchas fibras celestiales. Así y todo lo terrenal, eso
sí, me considero más tolerante que los absolutistas,
por fortuna.
Mis profesores en la universidad me
hablaron de la importancia - prácticamente obligación y deber ético- de lo que significa el equilibrando informativo.
También en las aulas me dejaron muy en claro, con respecto a la opinión en los medios de comunicación que cuando
se opina, lo expresado debe ser tan nítido que no deje duda alguna sobre la
motivación de lo dicho; es decir, lo expuesto, es decididamente personal y como tal debe interpretarse. “Manosear”
ideológicamente a la audiencia es menospreciarla.
Si yo no sintonizo al señor Londoño
Hoyos, no significa que, faltándole al
respeto a los demás, les impida oírlo por ejemplo, en el carro cuando un amigo o pariente que sí lo sigue, no se lo
quiera perder. Hoy lo oí -voluntariamente- gracias al chat de un grupo al que pertenezco
y aprecio; bien podría haber eliminado
aquel explosivo editorial compartido, inmediatamente identifiqué su voz, pero quise oírlo hasta el final. Si, gracias a mis amigos de la charla virtual,
sentí la necesidad de escribir y hacerlo
es saludable para el alma y la mente.
Terrorismo de palabras, no puedo
calificarlo de otra manera; por lo menos a mí, así me lo pareció, me
aterrorizó. No sentí propiamente el pánico que pueden despertar sus frases
en un colombiano ingenuo políticamente, pero sí me impactó el pensar en la
trascendencia de actos tan irresponsables amparados en un micrófono.
Dice el señor Fernando Londoño, en
tono enérgico, vehemente: “…De manera pues que ya lo saben queridos amigos,
queridos oyentes, queridos colombianos: O le aprobamos el plebiscito a
Juanpa, o nos manda a matar por las
FARC. Ustedes decidan”. Esto lo afirmó reiterando lo dicho un poco antes en el
mismo editorial cuando aseveró que el
Presidente de Colombia “nos va a mandar
a asesinar” y asegura, entre otras, que lo dicho por Santos en Medellín es
“un vulgar chantaje contra la nación”.
Además, recordó el importante
editorialista: “…los borrachos, los niños y los torpes dicen la verdad”. Entiéndase
en esta parte que ya había señalado Londoño Hoyos las declaraciones de Santos en
la capital antioqueña como “torpes”. En esto de la torpeza del mandatario
nuestro, sí puede estarse definitivamente
de acuerdo con el director de La Hora de la Verdad de Radio Red, aunque
particularmente prefiero decirlo más coloquialmente: ¡Santos si da mucha papaya a la oposición!
Bueno, yo puedo interpretar el editorial
así de folclóricamente en este momento, pero a los fieles seguidores de Londoño Hoyos,
y sucesivamente a los de estos, no creo
que les sea fácil superar el pánico si creen que es cierto que se nos llegó la
hora, y no precisamente la hora de la verdad, sino la hora de morir
colectivamente bajo los bombas ordenadas por el Presidente “Juanpa”.
Yo me horroricé con tan desafiantes
frases, pero ya expliqué el porqué, en cambio quienes siguen al señor
Fernando Londoño ¿cómo van a reaccionar
ante la gravedad de sus afirmaciones? Para mí lo suyo es terrorismo verbal.
Gracias a un amigo que me hizo
llegar una de las famosas frases de George Orwell, la que recobra plena
vigencia, recordé esta otra que también es como escrita hoy: “En nuestra época no existe la posibilidad de mantenerse
fuera de la política. Todos los asuntos son asuntos políticos y la política, en
sí misma, es una masa formada de mentiras, evasiones, locura, odio y
esquizofrenia”. Sin ser escrita por estos días y no
precisamente mirando a Colombia, lo
parece.
George
Orwell, aunque nació en los primeros años del siglo XX, al
leerlo hay que reconocer que su mente excepcional brilló al lado de las luchas
en su época, pero lo más grandiosos es que él advirtió las realidades sociales que tienen hoy validez
plena, fue un iluminado.
“El pensamiento corrompe el lenguaje y el lenguaje también
puede corromper el pensamiento”, observó
Orwell por allá a mediados de los años 40s.