Por: Claudia E. Posada Caro
El periodismo sigue teniendo
como misión informar, aunque también educar y recrear, pero
está en crisis. Lo que se logra informar, las redes lo desinforman, lo
distorsionan, lo desacreditan o lo ignoran. Y más grave aún, el periodismo
digital o ciber-periodismo, tampoco parece estar ganándole la batalla a la
“rumurología”, maledicencia y suposiciones con las que son manipulados los “amigos”
en las redes sociales.
Los equipos de investigación
de los medios tradicionales, serios y bien documentados, con periodistas de alto nivel, idóneos desde todo
punto de vista para sacar a la luz
asuntos de verdadero interés, están perdiendo audiencias.
Medios que deberían ser faros
para la opinión pública, han perdido su
papel legitimador de la verdad, o son
desestimados porque se le está dando más credibilidad a corrientes de lenguajes callejeros. También
porque en algunos casos se han olvidado del equilibrio informativo.
El desarrollo tecnológico de
las redes sociales, por su inmediatez y simultaneidad, consiguió que, en unos
pocos renglones, “adornadas” con palabrotas insultantes en algunos casos, cualquiera
logre desinformar, maleduque y entretenga chabacanamente, hasta llegar a límites
vergonzosos.
De inmenso provecho para el
progreso de una sociedad, es la tecnología. Divertido igualmente, pero sobre todo muy positivo para el mundo de
hoy enlazar culturas, encontrar amigos,
conocidos y parientes, descubrir personajes, reencontrarse en las costumbres, transmitir saberes, compartir emociones,
difundir conocimientos, fortalecer campañas ecológicas o por la defensa de los animales; al igual que descubrir
tanta información que no se tendría a mano si no estuviéramos en la era de la
comunicación digital.
Pero de la misma forma,
inmensamente perjudicial la comunicación virtual, cuando se usa para destruir
masivamente, o ante colectivos específicos, los principios, valores, filosofía y estilos de vida
saludables, entre otros. El fácil acceso a las redes sociales, proporciona la
incorporación desmedida de todo tipo de personas compartiendo gustos y
disgustos sin control, sin respeto,
ocultos en máscaras o en seudónimos, dando
rienda suelta a su agresividad verbal e incitación al fanatismo.
El lenguaje grotesco e injurioso,
herramienta para referirse a las personas que no son del agrado particular, o hacia
quienes han convertido –con razón o sin razón- en enemigo público, se ha desbordado
en epítetos que, desafortunadamente, están remplazando los argumentos para
polemizar respetuosamente a la luz de las diferencias. Desapareció igualmente,
en buena parte, la controversia que enriquece las razones, se estableció el
estilo de rebatir repitiendo libretos que ni se han analizado.
Llagamos a la triste
realidad de convivir con el lenguaje ordinario, falaz, mentiroso o mal intencionado
de moda en las redes sociales, bien sea para entrar a la cotidianidad de los
“contactos”, o bien para montar campañas masivas, temporales.
Antes se acudía a estrategias
“negras”, permitidas aunque no éticas; en ellas se aprovechaban debilidades del contrincante
para mermarle afectos, pero partían de verdades. (Fue utilizada por los
republicanos para desprestigiar el demócrata John F. Kennedy orquestando su
fama de mujeriego).
Ahora se acude a estrategias
perversas que son aplicadas para difamar al contrincante, o para engañar al
elector. Para el efecto, en este último caso, se fundamentan en las debilidades
del votante manipulando sus emociones y afectar sus propósitos; atemorizar, enredar; en resumen, conseguir réditos
engatusando. Esto ya no está en la
categoría de estrategia “negra” sino “sucia” y puede llegar a convertirse en
delito electoral, dependiendo de sus alcances.
De igual forma están
cogiendo ventaja en las redes sociales las campañas “sucias” como la dirigida
al votante, pero enfocadas en ventilar afrentas contra el contrincante, abiertamente,
su intención es hacerlo ver como un peligro
social, bien sea exagerando sus debilidades o bien mintiendo sobre él descaradamente.
Al llegar a ser injuriosas o calumniosas, llegan a ser delito.
Es lamentable que, desestimando
los medios tradicionales, o bien ignorando los trabajos periodísticos que
difunden contenidos noticiosos, investigaciones, reportajes u otros géneros
para informar, educar o entretener, haciendo eficiente utilización de la tecnología de la era
digital, las audiencias estén optando
por creer mejor en los mensajes que nos invaden a través de memes u otras
formas de comunicación en el ciberespacio –algunos verdaderamente geniales pero
ponzoñosos – sin ir más allá, como si
fueran las únicas y mejores fuentes.
Escojamos si queremos estar en sintonía con la cultura alevosa de hoy, a sabiendas de que se está sacrificando
la rectitud y la verdad, o preferimos asimilar la modernidad en su justo lugar,
sin alejarnos de la sensatez que es tan buen “contacto”.