domingo, 9 de octubre de 2016

LAS REDES NOS ATRAPARON


Por: Claudia E. Posada Caro

El periodismo sigue teniendo como  misión  informar, aunque también educar y recrear, pero está en crisis. Lo que se logra informar, las redes lo desinforman, lo distorsionan, lo desacreditan o lo ignoran. Y más grave aún, el periodismo digital o ciber-periodismo, tampoco parece estar ganándole la batalla a la “rumurología”, maledicencia y suposiciones con las que son manipulados los “amigos” en las redes sociales.

Los equipos de investigación de los medios tradicionales, serios y bien documentados, con  periodistas de alto nivel, idóneos desde todo punto de vista para sacar a  la luz asuntos de verdadero interés, están perdiendo audiencias.

Medios que deberían ser faros  para la opinión pública, han perdido su papel legitimador de la verdad, o son  desestimados porque se le está dando más credibilidad a  corrientes de lenguajes callejeros. También porque en algunos casos se han olvidado del equilibrio informativo.

El desarrollo tecnológico de las redes sociales, por su inmediatez y simultaneidad, consiguió que, en unos pocos renglones, “adornadas” con palabrotas insultantes en algunos casos, cualquiera logre desinformar, maleduque y entretenga chabacanamente, hasta llegar a límites vergonzosos.

De inmenso provecho para el progreso de una sociedad, es la tecnología. Divertido igualmente,  pero sobre todo muy positivo para el mundo de hoy  enlazar culturas, encontrar amigos, conocidos y parientes, descubrir personajes, reencontrarse en las costumbres,  transmitir saberes, compartir emociones, difundir conocimientos, fortalecer campañas ecológicas o por la  defensa de los animales; al igual que descubrir tanta información que no se tendría a mano si no estuviéramos en la era de la comunicación digital.

Pero de la misma forma, inmensamente perjudicial la comunicación virtual, cuando se usa para destruir masivamente, o ante colectivos específicos, los principios,  valores, filosofía y estilos de vida saludables, entre otros. El fácil acceso a las redes sociales, proporciona la incorporación desmedida de todo tipo de personas compartiendo gustos y disgustos sin control, sin  respeto, ocultos en  máscaras o en seudónimos, dando rienda suelta a su agresividad verbal e incitación al fanatismo.

El lenguaje grotesco e injurioso, herramienta para referirse a las personas que no son del agrado particular, o hacia quienes han convertido –con razón o sin razón- en enemigo público, se ha desbordado en epítetos que, desafortunadamente, están remplazando los argumentos para polemizar respetuosamente a la luz de las diferencias. Desapareció igualmente, en buena parte, la controversia que enriquece las razones, se estableció el estilo de rebatir repitiendo libretos que ni se han analizado.

Llagamos a la triste realidad de convivir con el lenguaje ordinario, falaz, mentiroso o mal intencionado de moda en las redes sociales, bien sea para entrar a la cotidianidad de los “contactos”, o bien para montar campañas masivas, temporales.

Antes se acudía a estrategias “negras”, permitidas aunque no éticas; en ellas se  aprovechaban debilidades del contrincante para mermarle afectos, pero partían de verdades. (Fue utilizada por los republicanos para desprestigiar el demócrata John F. Kennedy orquestando su fama de  mujeriego).

Ahora se acude a estrategias perversas que son aplicadas para difamar al contrincante, o para engañar al elector. Para el efecto, en este último caso, se fundamentan en las debilidades del votante manipulando sus emociones y afectar sus propósitos;  atemorizar, enredar; en resumen, conseguir réditos engatusando.  Esto ya no está en la categoría de estrategia “negra” sino “sucia” y puede llegar a convertirse en delito electoral, dependiendo de sus alcances.

De igual forma están cogiendo ventaja en las redes sociales las campañas “sucias” como la dirigida al votante, pero enfocadas en ventilar afrentas contra el contrincante, abiertamente, su intención es  hacerlo ver como  un   peligro social, bien sea exagerando sus debilidades o bien mintiendo sobre él descaradamente. Al llegar a ser injuriosas o calumniosas, llegan a ser delito.

Es lamentable que, desestimando los medios tradicionales, o bien ignorando los trabajos periodísticos que difunden contenidos noticiosos, investigaciones, reportajes u otros géneros para informar, educar o entretener,   haciendo eficiente  utilización de la tecnología de la era digital,  las audiencias estén optando por creer mejor en los mensajes que nos invaden a través de memes u otras formas de comunicación en el ciberespacio –algunos verdaderamente geniales pero ponzoñosos – sin ir más allá,  como si fueran las únicas y mejores fuentes.

Escojamos si queremos estar  en sintonía con la cultura alevosa  de hoy, a sabiendas de que se está sacrificando la rectitud y la verdad, o preferimos asimilar la modernidad en su justo lugar, sin alejarnos de la sensatez que es tan buen “contacto”.