lunes, 18 de febrero de 2019

NO ARRIESGUE SU SALARIO POR UNA EMPANADA


Por: Claudia Elena Posada

Más allá de las genialidades que se han inventado para crear memes definitivamente muy chistosos, por cuenta del comparendo aplicado en Bogotá para que el ciudadano que compro´ una empanada en la calle comparezca a la instancia judicial correspondiente a pagar la multa que le fue impuesta, se ocultan infinidad de situaciones.

La primera de ellas, sin duda, no conocemos las normas que están contempladas en leyes y decretos, y es bien sabido que su desconocimiento no nos exime de cumplirlas. Por ejemplo, dice el artículo 140 del Código Nacional de Policía, con respecto a “Comportamientos contrarios al cuidado e integridad del espacio público”, en el punto 6: Promover o facilitar el uso u ocupación del espacio público en violación de las normas…” Está bien que en su momento se socializó el código que se constituía en toda una novedad y que generó de igual manera comentarios a favor y en contra; pero otra cosa es interpretar contenidos implícitos, que requieren cursos completos y muy participativos.

Para los ciudadanos del montón -y hasta para los más instruidos- es difícil pensar que antes de comprar en un puesto de venta estacionaria callejera, un chorizo, mango biche, perro caliente, churros, obleas, solteritas,  arepas con todo,   papitas criollas, y demás “viandas” que se ofrecen para llevar o comer ahí mismo,  debamos preguntarle al vendedor si tiene autorización para ocupar el espacio público, e inclusive solicitarle que nos lo presente pues somos muy dados a mentir para vender, desde una empanada hasta un carro. Y podemos estar corriendo el riego de poner en peligro el salario de un mes.

Los llamados “maneros” tienen la ventaja sobre las ventas estacionarias, que no pagan impuestos por la ocupación autorizada del espacio público; son los mismos que se clasifican como vendedores ambulantes, y aunque el “plante” está en la esquina,  al pie del semáforo o del árbol más cercano, a ellos se les compra ”a la carrerita” mientras cambia el semáforo, y no pueden ser entonces controlados, no por lo menos, por uso del espacio público pues están desplazándose.

Lo anterior, para significar que las ciudades, al igual que los municipios más pequeños, deben controlar la ocupación excesiva del espacio público, de ahí que por cada determinado cuadrante pueden permitir, es decir, autorizar, ventas estacionarias, exigirles aseo y la capacitación en manipulación de alimentos. ¿Pero se cumple?

De malas el dueño de la venta de empanadas en Bogotá y su comprador desprevenido sujetos del comparendo famoso. Cerca a las universidades, en las afueras de los sitios de diversión nocturna, en los alrededores de algunos centros comerciales, junto a escuelas, colegios y en parques, se ofrecen comidas rápidas calientes y frías. Por cantidades alarmantes en algunos sectores y determinadas cuadras, las jardineras y antejardines son invadidos y estropeados con desechos; además, muchos de los compradores dejan sus motocicletas o automóviles en la calzada mientras disfrutan su refrigerio, obstaculizando el fácil desplazamiento de otros vehículos. Los propietarios que cumplen con los requisitos para su pequeño negocio, son pocos. ¿Qué sea la necesidad de ingresos lo que justifique esta opción? Eso es un asunto distinto que amerita análisis aparte.

Los “…comportamientos contrarios al cuidado e integridad del espacio público…” está ligados a la urbanidad y buenas maneras, a la concientización de que, como ciudadanos, tenemos obligaciones y deberes que estamos ignorando; pero también a la urgencia de comer algo y seguir en la rutina del día, a la necesidad de percibir ingresos para sostenerse y sostener una familia, al deseo de hacerse a una platica que complemente las exiguas entradas de una inmensa población; en fin, el estudio sociológico es otro tema, y muy serio a la luz de una economía totalmente injusta y desproporcionada.