Las líneas de hoy son un homenaje a mi Milonga, pero no precisamente
a ese ritmo popular, particularmente de las zonas de Uruguay y Buenos Aires cercanas a La Plata, ese que con sus
notas alegres, distintas a las del tango, cuenta historias de
pasiones y sentimientos, así como entre
nosotros lo hace el Vallenato.
Mi Milonga fue durante siete años
mi compañera, y de los cinco felinos que me han acompañado, la
preferida por su apego a mi presencia;
porque a diferencia de lo que comúnmente se dice de los felinos domésticos,
los gatos, ella fue casera y nada
independiente. Tango en cambio, como todos los demás gaticos que he tenido, aparte
de Milonga, fue fiel a los instintos, corría a su antojo por entre la naturaleza que rodea la casa donde me hizo feliz; desafortunadamente su existencia fue muy corta por
un absurdo percance y en esas mismas
montañas está enterrado.
Milonga cumpliría este 24 de
junio ocho años, justamente le puse ese
nombre porque me llegaron con ella
recién nacida en la fecha que
conmemora la vida y muerte de Carlos
Gardel. Milonga pasó sus últimos añitos como
gata citadina, a pesar de nosotras y por circunstancias ajenas a ella y a mí; y
digo que no era su voluntad venirse a la ciudad pues estoy segura de que
disfrutaba tanto divisar desde la montaña a mi lado, como yo de su compañía.
Juntas mirábamos en las noches la luna y las estrellas.
Una hepatitis severa, consecuencia de la Leucemia que padecía
Milonga, hizo que tuviera que despedirme de ella el 10 de junio reciente. Luego
de estar hospitalizada tres días en una clínica veterinaria cerca a mí casa, en
la 30 con la 80, sector de Belén, a donde la llevé en muy mal estado queriendo
que llegáramos rápido, sin conocer ese
establecimiento previamente.
Tengo que contar esta parte de mi
dolor porque el homenaje a Milonga, la gratitud a mi “Milonguis”, consiste precisamente en hacer énfasis en la importancia
de las prevenciones y cuidados para con nuestras amadas mascotas, y en llamar
la atención sobre algunos sitios en donde abusan de la incertidumbre de quienes llegamos allí presos de la angustia que nos produce la impotencia de
no saber qué está sintiendo nuestro animalito
de compañía.
A
mi modo de ver las cosas ahora, con
cabeza fría, una vez los veterinarios
conocieron los resultados de los exámenes de laboratorio de Milonga y la
ecografía de estómago, deberían haberme sugerido la eutanasia, creo que podrían
haberse evitado muchos sufrimientos de ella,
y falsas expectativas en mí con
relación a su esperanza de vida. Pero
no, la sugerencia me la hicieron después de una noche angustiosa en la que se
le hizo transfusión, luego de un largo
día esperando el ayuno de Emilio, el gato donante que es una de las mascotas de
Gloria Zuluaga, amiga y colega a quien le agradezco de todo corazón su noble
gesto de sincera amiga.
Mi colega creía como yo, que la
sangre de su robusto y joven felino, devolvería, al menos por un tiempo, la
salud a mi Milonga, por eso no dudó en ofrecérmelo a pesar de los riesgos de la
anestesia y eventualidades que pueden presentarse por el pinchazo en la
yugular.
Gloria tenía una noble motivación:
apaciguar mi dolor; además plena confianza
en su mascota. Efectivamente Emilio cumplió su misión perfectamente, sin
contratiempos salió muy bien de ella, y sigue haciendo feliz a mi amiga.
Milonga de todas maneras iba a
morir allí mismo, con transfusión o sin ella pues sus condiciones eran fatales.
Pasarle sangre a un gato con Leucemia es
absolutamente recomendable en muchos casos; así como tratar de alargar
un poco su existencia con la mejor
calidad de vida posible por algún
tiempo o por varios años bien vale la pena intentarlo. Pero de ahí, a
que ya teniendo unos resultados
definitivos, se proceda a ofrecer como clínica especializada procedimientos innecesarios
para el caso y costosos en todo sentido, es una cruel falta de ética
profesional que debemos reprochar y a la que debemos estar atentos.


