miércoles, 25 de mayo de 2016

FELICES SI PERO AVERGONZADOS TAMBIÉN



 No sé cuáles son los métodos de investigación para concluir que  Colombia ocupa  los primeros lugares en el mundo,  cuyos habitantes dicen ser  felices, en su mayoría. Tal vez se trata más bien de que seamos  admirablemente resilientes, es decir, con gran capacidad de levantarnos ante  las miserias que afrontamos y  seguir adelante.

Pero no se trata de la felicidad de los colombianos, ni de la resiliencia, ni de los modelos de medición para sacar conclusiones asombrosas o no, es tan sólo una reflexión: ¿Cómo podemos afirmar que somos felices, desconociendo la desgracia que causamos en otros? ¿O acaso somos tan crueles que podemos ser felices aunque hagamos daño?
Cristina Plazas Michelsen,  directora nacional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, indudablemente mujer privilegiada, pero con sensibilidad social, declaró  hace poco que las cifras de maltrato infantil en Colombia son aterradoras, tanto, que deberían avergonzarnos.  
"El maltrato infantil es solo una de las formas de violencia contra la niñez. Hagamos una reflexión en familia y pensemos cómo desde nuestro rol de papá, mamá, hermano o abuelo, podemos erradicar todas las formas de violencia y transformar la vida de nuestros niños, niñas y adolescentes para que podamos construir un nuevo país", declaró a El Tiempo la funcionaria que fundamenta sus apreciaciones en hechos registrados en su despacho y que relacionan el comportamiento  en nuestro país.
Es desconsolador reconocer que la violencia intrafamiliar va en aumento - o por lo menos tal vez está siendo mayormente denunciada-  son muchos los delitos de padres y otros parientes en contra de  los niños,  así como entre parejas; se presentan casos, inclusive, que van más allá de la agresión pues se registran feminicidios (algunos de estos antes señalados como delitos pasionales) alcanzando  cifras alarmantes.

Recientemente el alcalde de la Medellín, Federico Gutiérrez,  se refirió ante los medios al incremento en los asesinatos  que se registran en nuestra capital, al señalar que con relación a mayo del  año pasado, en este hubo un aumento del 80%. El mandatario local dijo que la intolerancia es la causa del 28% de esos casos, esto significa que tenemos graves dificultades para aceptar la convivencia; es decir,  “nos estamos matando”,  literalmente,  por nimiedades.

En Colombia se violenta a los niños, son los mismos parientas quienes en un mayor número de casos los violan;   hasta se les  asesina  sin remordimiento alguno  siendo que se trata de  seres humanos indefensos. Niños y   adolescentes padecen por años los dolores físicos y psicológicos a los que son sometidos en sus propios hogares.

Los hombres irracionales, esos mismos que golpean a sus mujeres, son más de los que creemos.  Aunque una flamante exsenadora de la Republica,  que se hizo famosa en todo el país por su defensa a los hombres agresivos, haya asegurado que,  “Si a una mujer le pegan, es que se lo merecía”, no se puede asumir como cierto semejante despropósito.

El respeto mutuo entre parejas debería llegar hasta el punto en el que,  si hay una ofensa dolorosa, como el maltrato físico o verbal,  tal situación se trate serenamente, y cada una de las partes asuma de manera responsable,  el daño que causó y la cuota de sacrificio que tendrá que pagar.

El panorama no es tan alentador como para pensar que “tanta felicidad” la transmitimos a quienes nos rodean; y es ahí en donde cabe otra reflexión: ¿Podemos respetar la vida de los animales, si no estamos  amando, respetando y defendiendo  a los niños?

En Colombia, país de leyes (se hacen por docenas pero se “brincan” sin temor, además de ser expertos en el famoso “esguince” a la ley) nos estaba faltando una bien importante: la Ley contra el Maltrato Animal (1774 de 2016). Esta estableció  castigos con cárcel y multas económicas para  quienes abusan de los animales o cometan actos crueles contra ellos. Entre tales actos sancionables están: Quemarlos, apuñalarlos, quitarles la vida, dejarlos abandonados, encerrarlos por largos periodos sin alimento y agua, en resumen,  someterlos a cualquier  tipo de sufrimiento.

Los animales son seres vivos que padecen dolores físicos, cansancio, hambre, sed, frío, calor; cuidarlos,  a mi modio de ver, puede ser tan fascinante emocionalmente, como perturbador debe ser el hacerles daño. Por lo demás, quienes no van a la cárcel ni pagan multa alguna pues no son descubiertos en sus actos de crueldad,  o no son los directos agresores  pero cohonestan con el maltrato animal, o esconden hechos que deberían ser denunciados, muy posiblemente también tendrán que soportar lo que todo encubridor siente de alguna manera: El peso de una conciencia intranquila.