Pero
no se trata de la felicidad de los colombianos, ni de la resiliencia, ni de los
modelos de medición para sacar conclusiones asombrosas o no, es tan sólo una
reflexión: ¿Cómo podemos afirmar que somos felices, desconociendo la desgracia
que causamos en otros? ¿O acaso somos tan crueles que podemos ser felices aunque
hagamos daño?
Cristina
Plazas Michelsen, directora nacional del
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, indudablemente mujer privilegiada,
pero con sensibilidad social, declaró hace
poco que las cifras de maltrato infantil en Colombia son aterradoras, tanto,
que deberían avergonzarnos.
"El maltrato infantil es solo una de las
formas de violencia contra la niñez. Hagamos una reflexión en familia y
pensemos cómo desde nuestro rol de papá, mamá, hermano o abuelo, podemos
erradicar todas las formas de violencia y transformar la vida de nuestros
niños, niñas y adolescentes para que podamos construir un nuevo país", declaró
a El Tiempo la funcionaria que fundamenta sus apreciaciones en hechos registrados
en su despacho y que relacionan el comportamiento en nuestro país.
Es desconsolador reconocer que la
violencia intrafamiliar va en aumento - o por lo menos tal vez está siendo
mayormente denunciada- son muchos los delitos
de padres y otros parientes en contra de
los niños, así como entre
parejas; se presentan casos, inclusive, que van más allá de la agresión pues se
registran feminicidios (algunos de estos antes señalados como delitos
pasionales) alcanzando cifras
alarmantes.
Recientemente el alcalde de la
Medellín, Federico Gutiérrez, se refirió
ante los medios al incremento en los asesinatos
que se registran en nuestra capital, al señalar que con relación a mayo
del año pasado, en este hubo un aumento
del 80%. El mandatario local dijo que la intolerancia es la causa del 28% de
esos casos, esto significa que tenemos graves dificultades para aceptar la convivencia;
es decir, “nos estamos matando”, literalmente, por nimiedades.
En Colombia se violenta a los niños, son
los mismos parientas quienes en un mayor número de casos los violan; hasta se
les asesina sin remordimiento alguno siendo que se trata de seres humanos indefensos. Niños y adolescentes
padecen por años los dolores físicos y psicológicos a los que son sometidos en
sus propios hogares.
Los hombres irracionales, esos mismos
que golpean a sus mujeres, son más de los que creemos. Aunque una flamante exsenadora de la Republica,
que se hizo famosa en todo el país por
su defensa a los hombres agresivos, haya asegurado que, “Si a una mujer le pegan, es que se lo merecía”,
no se puede asumir como cierto semejante despropósito.
El respeto mutuo entre parejas debería
llegar hasta el punto en el que, si hay
una ofensa dolorosa, como el maltrato físico o verbal, tal situación se trate serenamente, y cada una
de las partes asuma de manera responsable, el daño que causó y la cuota de sacrificio que
tendrá que pagar.
El panorama no es tan alentador como para pensar que “tanta felicidad”
la transmitimos a quienes nos rodean; y es ahí en donde cabe otra reflexión: ¿Podemos
respetar la vida de los animales, si no estamos amando, respetando y defendiendo a los niños?
En Colombia, país de leyes (se hacen por docenas pero se “brincan” sin temor,
además de ser expertos en el famoso “esguince” a la ley) nos estaba faltando
una bien importante: la Ley contra el Maltrato Animal (1774 de 2016). Esta
estableció castigos con cárcel y multas económicas para quienes
abusan de los animales o cometan actos crueles contra ellos. Entre tales actos sancionables
están: Quemarlos, apuñalarlos, quitarles la vida, dejarlos abandonados, encerrarlos
por largos periodos sin alimento y agua, en resumen, someterlos a cualquier tipo de sufrimiento.
Los animales son seres vivos que padecen dolores físicos, cansancio,
hambre, sed, frío, calor; cuidarlos, a
mi modio de ver, puede ser tan fascinante emocionalmente, como perturbador debe
ser el hacerles daño. Por lo demás, quienes no van a la cárcel ni pagan multa
alguna pues no son descubiertos en sus actos de crueldad, o no son los directos agresores pero cohonestan con el maltrato animal, o
esconden hechos que deberían ser denunciados, muy posiblemente también tendrán
que soportar lo que todo encubridor siente de alguna manera: El peso de una
conciencia intranquila.