martes, 17 de mayo de 2016

Y A PROPÓSITO DEL DÍA DEL MAESTRO


Creo que a todos nos pasa lo que a mí: A mi primera maestra, la hermana Ana, nunca la olvido; de hecho, hace apenas algunos meses, fui con otras compañeras de kínder a visitarla al convento donde tiene su comunidad el refugio tranquilo y hermosos para el retiro de las religiosas más ancianas. Fue una tarde maravillosa de anécdotas, risas, lágrimas y oración.
 En el proceso de instruir y moldear a un niño que llega del hogar a la escuela  para que le sea despertada y estimulada la  actitud positiva hacia el aprendizaje;  sus maestros, cada uno independientemente de la escuela a la que sirva,  los compañeros de trabajo que tenga y hasta los modelos pedagógicos a seguir, así como las  herramientas didácticas con las que cuente, tiene en sus manos   la mente abierta de esa personita.
Los maestros,  al igual que   enseñar los contenidos académicos, deben guiar en  los niños  sus habilidades;  pero también enderezar actitudes, encaminar valores, ordenar principios  y tutelar emociones.  Todos esos ingredientes que nutren el crecimiento humano, social e  intelectual, son la materia prima para  forjar  ciudadanos de bien.
De ahí que,  el oficio del magisterio va más allá del servicio a la sociedad – lo que por sí solo ya es de inmensa valía-  trasciende porque tiene  mucho que ver con la capacidad y el deseo de  moldear los sentimientos que se relacionan con  la naturaleza y dimensión  humanas, los que no venden en los supermercados, ni en las farmacias, ni en los centros comerciales.
El maestro consciente  de que, por cada acto suyo, frase, respuesta o actitud, el pequeño alumno o la delicada niña, o bien el “difícil” pre-adolecente, percibe, recoge y siembra  en su cerebro, una semilla fuerte y sana, o un aguijón  envenenado,   tiene claro que su rol es de una trascendencia inconmensurable, y en consecuencia, asume su papel con la responsabilidad y sensatez propias de un oficio que está por encima de cualquiera otro.
Se me hace difícil entender que,  hay padres de familia quienes no prestan atención al deber de buscar con todo juicio, el plantel educativo para los hijos y peor aún,  priorizan asuntos absolutamente superfluos o postergables.

Ese plantel educativo ideal es,  el que le ofrece a los alumnos, desde los más pequeños, los maestros mejor preparados para sembrar semillas sanas, orientar e instruir.