Creo
que a todos nos pasa lo que a mí: A mi primera maestra, la hermana Ana, nunca
la olvido; de hecho, hace apenas algunos meses, fui con otras compañeras de kínder
a visitarla al convento donde tiene su comunidad el refugio tranquilo y
hermosos para el retiro de las religiosas más ancianas. Fue una tarde
maravillosa de anécdotas, risas, lágrimas y oración.
En el proceso de instruir y moldear a un niño
que llega del hogar a la escuela para
que le sea despertada y estimulada la
actitud positiva hacia el aprendizaje; sus maestros, cada uno independientemente de
la escuela a la que sirva, los
compañeros de trabajo que tenga y hasta los modelos pedagógicos a seguir, así
como las herramientas didácticas con las
que cuente, tiene en sus manos la mente
abierta de esa personita.
Los
maestros, al igual que enseñar
los contenidos académicos, deben guiar en
los niños sus habilidades; pero también enderezar actitudes, encaminar valores,
ordenar principios y tutelar emociones. Todos esos ingredientes que nutren el crecimiento
humano, social e intelectual, son la
materia prima para forjar ciudadanos de bien.
De
ahí que, el oficio del magisterio va más
allá del servicio a la sociedad – lo que por sí solo ya es de inmensa valía- trasciende porque tiene mucho que ver con la capacidad y el deseo de moldear los sentimientos que se relacionan con
la naturaleza y dimensión humanas, los que no venden en los
supermercados, ni en las farmacias, ni en los centros comerciales.
El
maestro consciente de que, por cada acto
suyo, frase, respuesta o actitud, el pequeño alumno o la delicada niña, o bien
el “difícil” pre-adolecente, percibe, recoge y siembra en su cerebro, una semilla fuerte y sana, o un
aguijón envenenado, tiene
claro que su rol es de una trascendencia inconmensurable, y en consecuencia, asume
su papel con la responsabilidad y sensatez propias de un oficio que está por
encima de cualquiera otro.
Se
me hace difícil entender que, hay padres
de familia quienes no prestan atención al deber de buscar con todo juicio, el
plantel educativo para los hijos y peor aún, priorizan asuntos absolutamente superfluos o
postergables.
Ese
plantel educativo ideal es, el que le
ofrece a los alumnos, desde los más pequeños, los maestros mejor preparados
para sembrar semillas sanas, orientar e instruir.