sábado, 27 de agosto de 2016

SI, ACEPTO

Aunque apenas  empecé a leer las 297 páginas del debate candente que nos compromete a todos en Colombia,  reitero mi apoyo al Sí. Y es que lo más determinante para votar en el plebiscito del 2 de octubre por el Sí a una posible pregunta que puede ser algo así como “¿Acepta lo acordado entre el gobierno colombiano y las FARC?” es tener el convencimiento de que el fin de las conversaciones en La Habana son un buen principio para recuperar los territorios que en nuestro país,  por más de 50 años, no han  tenido tranquilidad, no han podido ser plenamente fecundos y mucho menos han podido ser albergue seguro para vivir sin miedos y en familia.

Que a los reinsertados les van a pagar mientras se preparan para vincularse laboralmente, que  van a ir a la cárcel solamente los juzgados por crímenes de lesa humanidad, que van a tener curules en el congreso,  y demás inconvenientes que aducen los contrarios al Sí,  son realidades que me preocupan muchísimo menos que la continuidad de los horrores de la guerra  interna que han padecido con mayor rigor y consecuencias de dolor,  los habitantes de las áreas rurales del país.

Me atormenta muchísimo más, pensar que, con el  triunfo del NO en el plebiscito, habrá más niños guerrilleros tragándose en silencio sus lágrimas de amargura y soledad pues no estarán al abrigo de sus padres; ni las jóvenes tendrán una cama para acariciar sueños sobre un almohada; ya no disfrutarán los muchachos románticos amaneceres o atardeceres porque siempre estará presente la incertidumbre por el posible enfrentamiento que todo lo  nubla.

Me estremece pensar que un NO que yo marque en el plebiscito, sume a la cifra de quienes nunca podrán estudiar porque la guerra siguió y ellos fueron reclutados por  algún frente guerrillero que los arrancó de los brazos amorosos de sus seres queridos.

Un NO a lo acordado, jamás, para mí, significa amor a la patria;  es una posición ajena a los mínimos sentimientos solidarios y es sinónimo de capricho personal, frívolo y narcisista.

Encuentro muchos argumentos en favor del  Sí, ninguno de ellos con méritos en el campo del resarcimiento,  la represalia y mucho menos en la venganza. Simplemente no he puesto la razón por encima del corazón, porque  en la balanza de la justicia, las acciones totalmente reprochables de la guerrilla, frente a  los sacrificios de tantos  buenos colombianos, el NO, no  tiene discusión.

Se trata de otra realidad: El mismo escenario y un ejército de soldados colombianos metido en el monte esquivando minas antipersona y sufriendo emboscadas canallas; campesinos aturdidos en una ciudad, añorando  su tierra mientras esperan una limosna oficial; tierras fértiles abandonadas; combates de “buenos y malos”, fusil en mano, defendiendo ideales ajenos; mujeres que  obligadas pierden su dignidad; muchachos que abandonan sus más anheladas ambiciones para calzar las botas del infortunio; hijos que crecen arrullados con maldiciones.

Un NO a lo acordado, es volver a las noticias de largos y crueles días de secuestros, esos que apenas son recordados por aquellas madres que no celebran fechas pues tienen  el corazón hecho pedazos y el alma remendada con oraciones que día tras día nacen mientras la esperanza agoniza.


La Colombia siempre en guerra que conozco, es la que amo pero no la que prefiero, por eso tengo decidido el Sí, aunque seguiré leyendo las 297 páginas pues estoy segura de que las podré  interpretar sin rencor.