Aunque
apenas empecé a leer las 297 páginas del
debate candente que nos compromete a todos en Colombia, reitero mi apoyo al Sí. Y es que lo más
determinante para votar en el plebiscito del 2 de octubre por el Sí a una posible
pregunta que puede ser algo así como “¿Acepta lo acordado entre el gobierno colombiano
y las FARC?” es tener el convencimiento de que el fin de las conversaciones en
La Habana son un buen principio para recuperar los territorios que en nuestro país, por más de 50 años, no han tenido tranquilidad, no han podido ser
plenamente fecundos y mucho menos han podido ser albergue seguro para vivir sin
miedos y en familia.
Que
a los reinsertados les van a pagar mientras se preparan para vincularse
laboralmente, que van a ir a la cárcel solamente
los juzgados por crímenes de lesa humanidad, que van a tener curules en el
congreso, y demás inconvenientes que
aducen los contrarios al Sí, son realidades
que me preocupan muchísimo menos que la continuidad de los horrores de la
guerra interna que han padecido con mayor
rigor y consecuencias de dolor, los habitantes
de las áreas rurales del país.
Me
atormenta muchísimo más, pensar que, con el triunfo del NO en el plebiscito, habrá más
niños guerrilleros tragándose en silencio sus lágrimas de amargura y soledad pues
no estarán al abrigo de sus padres; ni las jóvenes tendrán una cama para
acariciar sueños sobre un almohada; ya no disfrutarán los muchachos románticos amaneceres
o atardeceres porque siempre estará presente la incertidumbre por el posible enfrentamiento
que todo lo nubla.
Me
estremece pensar que un NO que yo marque en el plebiscito, sume a la cifra de quienes
nunca podrán estudiar porque la guerra siguió y ellos fueron reclutados por algún frente guerrillero que los arrancó de
los brazos amorosos de sus seres queridos.
Un
NO a lo acordado, jamás, para mí, significa amor a la patria; es una posición ajena a los mínimos sentimientos
solidarios y es sinónimo de capricho personal, frívolo y narcisista.
Encuentro
muchos argumentos en favor del Sí, ninguno
de ellos con méritos en el campo del resarcimiento, la represalia y mucho menos en la venganza.
Simplemente no he puesto la razón por encima del corazón, porque en la balanza de la justicia, las acciones
totalmente reprochables de la guerrilla, frente a los sacrificios de tantos buenos colombianos, el NO, no tiene discusión.
Se
trata de otra realidad: El mismo escenario y un ejército de soldados
colombianos metido en el monte esquivando minas antipersona y sufriendo emboscadas
canallas; campesinos aturdidos en una ciudad, añorando su tierra mientras esperan una limosna
oficial; tierras fértiles abandonadas; combates de “buenos y malos”, fusil en
mano, defendiendo ideales ajenos; mujeres que obligadas pierden su dignidad; muchachos que abandonan
sus más anheladas ambiciones para calzar las botas del infortunio; hijos que
crecen arrullados con maldiciones.
Un
NO a lo acordado, es volver a las noticias de largos y crueles días de
secuestros, esos que apenas son recordados por aquellas madres que no celebran
fechas pues tienen el corazón hecho pedazos
y el alma remendada con oraciones que día tras día nacen mientras la esperanza
agoniza.
La
Colombia siempre en guerra que conozco, es la que amo pero no la que prefiero,
por eso tengo decidido el Sí, aunque seguiré leyendo las 297 páginas pues estoy
segura de que las podré interpretar sin rencor.