Estoy tratando hace varias semanas, de abstraerme de la polarización
que padece nuestro país en vísperas de
la firma de los acuerdos con las FARC , pero me ha sido muy difícil. El bombardeo
mediático y la agresividad de mensajes distractores que, inclusive, se suben a
las redes con montajes engañosos, me incomodan e irritan. Sí, me indignan,
debería
ignorarlos pero no puedo.
Hemos llegado al extremo de
señalar como ratas despreciables a los
amigos “enmermelados” o no, del
Presidente Santos, y a él mismo de agredirlo con epítetos pasados de tono; pero lo que es peor,
muchas veces sin fundamento para ello. ¿Si no estamos de acuerdo con alguien lo
tenemos que insultar? ¿Si será esa la forma de convencer?
Parece como si agredir al
Presidente de los colombianos nos
representara réditos importantes a nivel individual o agregara valor a nuestro país.
Particularmente voy a respaldarlo en su afán por lograr un acuerdo con la
guerrilla de las FARC. Si en este o en otros ámbitos de su mandato ha sido el perverso
y mentiroso que dicen es, no llega hasta allá mi capacidad de discernimiento, y
no he estado tan cerca de él como para formarme
mi propia opinión en ese sentido, por lo
tanto, no puedo asegurar que actúa de mala fe. Quienes sí lo saben, están en el deber de señalarlo y el pueblo en el derecho de
saberlo.
¿Qué Santos quiere pasar a la historia
por recuperar para Colombia una parte muy decisiva para la paz? Alguno tendría que
ser.
Desde que la formación académica
me dio algunos elementos para analizar el entorno político y social colombiano,
entendí que no hemos tenido, ni tendremos, un mandatario perfecto. Los ha
habido buenos y regulares, pero absolutamente
pésimos o extraordinariamente buenos, ninguno.
Recuerdo como el mejor al estadista a Carlos Lleras Restrepo. A los demás, con
sus más y sus menos, con sus errores y equivocaciones, y también con sus
acciones reprochables demostradas en juicio, igual les sé reconocer lo suyo a favor.
Estamos mal comprometiendo el
futuro de las generaciones que empiezan a crecer y de las venideras, terciando
sin mucho análisis y juicio en una pelea que no es la nuestra. Centrémonos con
sensatez en lo que nos corresponde como ciudadanos con derechos y deberes;
confiemos en nuestro sentido común y raciocinio propio. Si hay tantos
arrepentidos porque no tuvieron criterio personal para votar en el pasado
reciente a favor de este o en contra de aquel, ténganlo ahora, no acumulen arrepentimientos.