En mayo de 2018 tendremos elecciones para el sucesor de Santos, en cambio en marzo del mismo año, son las que dirán en qué queda el nuevo Congreso, si acaso si será tan “nuevo” o seguirán los mismos con las mismas. Siendo entonces un poco antes la recta final para el momento de elegir Cámara y Senado, ya deberíamos estar los ciudadanos colombianos, leyendo, observando y analizando, aspiraciones que se concretan finalmente a la hora de inscribir los nombres que compondrán las listas.
Así las cosas podríamos decir que las candidaturas para Presidente de la Republica están más bien biches pues falta que suceda lo esperado, pero sobre todo, que nos sorprendan con lo inesperado en materia de estrategias mostrables, además de las ocultas, para impresionar al electorado grata o ingratamente.
En cuanto a las aspiraciones para la composición del Congreso que arrancará el 20 de julio de 2018, el horizonte no está claro. Los acontecimientos de las últimas semanas -y los que ha habido siempre, más no tan escandalosos pues ahora las redes ayudan- empujan a la desconfianza y apatía en el potencial elector.
Sentimos un maremágnum mental originado en el bombardeo de información que, sin duda, nos crea total confusión entre verdades y mentiras, haciendo que los ciudadanos consideremos seriamente la abstención; y peor aún, no se quiere oír, leer, ver o conversar, cuando se trata de aspiraciones y candidaturas.
Particularmente, apenas quienes de alguna manera están involucrados con el tema político por relaciones de trabajo, porque han vivido de contratos oficiales, o bien porque rodean las campañas directa o indirectamente, se detienen a mirar cómo va el proceso pre-electoral, el mismo que a un grueso de los ciudadanos los tiene saturados de información y muy desconfiado.
Lamentable este panorama. El ambiente de la política colombiana está más enrarecido que nunca. Al interior de los partidos las zancadillas, marrullas y componendas, acabaron con la razón de ser de algo tan importante para una democracia como es la ideología política y su defensa a la luz de idearios respetables.
La clase política en general no sabe de ética y valores. Aquellos aspirantes a formar parte de los partidos, empiezan sus pinitos de dos maneras: Una, cohonestando con los manejos chuecos para “crecer” adentro como miembro activo y “valioso”; o dos, exponiendo su casta y valores prioritarios. Ya sabemos cómo les va a unos y otros. ¿Ha habido quién crezca dentro de un partido político tradicional honesta y limpiamente? Sí, no muchos, pero los ha habido. Luis Carlos Galán fue uno de ellos. Álvaro Gómez Hurtado, también lo fue.
En las corporaciones públicas, de igual forma, se han distinguido congresistas, diputados y concejales que, además de brillantes miembros de uno u otro partido, han permanecido incólumes. Para estos no ha sido fácil nadar en aguas tan borrascosas y pútridas.
Ingrid Betancourt, siendo congresista, un 8 de marzo “Día Internacional de los Derechos de las Mujeres” al preguntársele el porqué de la participación tan escasa de las mujeres en la política, dijo que entre otros factores, para las mujeres es difícil estar en un entorno en el que son comunes ciertos manejos que impiden acceder o mantenerse con éxito en el mundo de la vida pública, la que indefectiblemente es manipulada por la clase política.
Se refería la excandidata a la Presidencia de Colombia, precisamente a las astucias recurrentes en la clase política, entre ellos y en sus relaciones con otros sectores. Infortunadamente vemos que a la par con los señores, va creciendo el número de mujeres enredadas en malas mañas para enriquecerse de la peor forma: traicionando la confianza de los electores. Aunque es claro que de todo hay en la Viña del Señor.
Estamos a tiempo de empezar a empoderarnos del papel que nos corresponde como ciudadanos en ejercicio de nuestros derechos. Si no queremos hacer parte de la clase política, bien podemos convertirnos en electores enterados, comprometidos con el país, conscientes de que debemos votar y elegir a los mejores –si los buscamos los encontramos- porque aunque estemos suturados de información “basura”, la responsabilidad de tener buenos, malos o pésimos representantes de los intereses ciudadanos, es nuestra.
Un elector consciente de la importancia individual a la hora de votar, sabe cuánto vale ese voto dentro de la suma para elegir. Así que dejemos atrás la “pereza electoral”. A empeorar la sinvergüenzada y conchudez de la dirigencia política en Colombia - esa que hace y deshace como lápiz con borrador- ayuda la apatía.
Entendamos que la política no es un tema despreciable, ni los partidos políticos son los culpables de su desprestigio, son las costumbres inescrupulosas de una gran mayoría de sus principales actores -electores, beneficiados sin merecerlo y elegidos- los que la hacen repugnante.
Para votar, dejémonos llevar del sentido común y el olfato electoral; pero estos dos elementos no van solos, también otras herramientas son fundamentales: la observación y el análisis que hagamos de los discursos, promesas, programas y prioridades de los candidatos; sin olvidar la impresión que nos causa su imagen, y teniendo presente, desde luego, quiénes lo acompañan. Ahí tenemos los ingredientes para no dejarnos engañar fácilmente.