Este es un “Principio” que Alonso
Salazar divulga en redes: “El Estado debe combatir grupos armados y
delincuencia, tener el monopolio de las armas y respetar los derechos humanos”.
Antes de entrar a analizarlo desde mi
modo de ver, me atrevo a decirle al candidato que, entendiendo que Estado es el
que él representaría en caso de salir elegido Alcalde de Medellín el 25 de
octubre de este año, con esto nada más que se comprometa y haga, le quedaríamos
eternamente agradecidos el resto de vida, si es que los electores le damos la
oportunidad de llevarlo a la práctica.
Lo demás se va resolviendo en la cotidianidad de una administración eficaz y
decente.
Es eso, sin tanta cháchara inmaterial de candidatos y pre-candidatos, lo
que esperamos como promesa seria y prioritaria del próximo alcalde, pues es lo
que nos tiene fregados. En ese “Principio” que nos encontramos casualmente en facebook, está resumida la solución
para desenredar la perversa maraña que día
a día coge ventaja inmisericordemente y se va tragando nuestra ciudad por más que
se le den importantes pinceladas de retoques provechosos, o se le inyecten generosas
cantidades de asfalto, ladrillos y estructuras modernas, con
todo y la mejor intención.
Combatir con autoridad y carácter los quiebres a la institucionalidad y al
orden ciudadano, es ponerle zancadilla efectiva a la fuente de corruptela, al origen del miedo, a los que arrasan
con el empleo digno, a las causas íntimas de la desesperanza enmascarada con indiferencia,
al acabose de los valores, al refugio de hogares destruidos.
Entiendo el “Principio” que nos presenta Salazar, como la convicción que
nace de la confianza del que sabe lo que
quiere, y cómo le hace el quite a las trampas del enemigo
encubierto. Hoy tenemos claro que sin institucionalidad sólida y sin el apoyo
de los gobernados a su gobernante para el mutuo respaldo contra los que
soterradamente desestabilizan el sistema, no es posible que haya seguridad ciudadana,
todo será inútil si las instituciones son débiles e infiltradas por la desfachatez
y el delito.
Si se rompe severamente con el crecimiento de las prácticas perversas que penetraron las capas sociales e
instancias institucionales, y es cercenado de tajo el soporte de las violaciones a los derechos humanos de
toda naturaleza, recuperaríamos para Medellín los componentes de progreso que
hicieron de nuestra capital, la mejor
ciudad de Colombia para vivir.
El próspero “vividero” que atrajo a centenares de habitantes de las
subregiones antioqueñas, debe ser puesto en cintura con firmeza en el marco de la justicia. La sensibilidad social que queremos
prime en el próximo mandatario deberá ser garantía de la orientación que dé a sus más
cercanos colaboradores, ya que la gente y sus ilusiones no riñen con la ejecución
de obras de infraestructura, siempre y cuando éstas sean el complemento
necesario para el bienestar integral.
Estricto, pero propiciador de consensos; tenaz, aunque tolerante con la
discrepancia cuando hay argumentos lúcidos; así queremos que sea nuestro próximo alcalde; añadiéndole
la condición de que su principal promesa -seguro de persistir en ella hasta cumplir el objetivo - sea la recuperación
de la institucionalidad como carta oficial de presentación
ciudadana. De igual forma, que acuda a todo estrategia de comunicación pública
permitida, para ponernos a marchar hacia
la moralidad como parámetro de comportamiento individual y colectivo, poniendo
de moda la rectitud como estilo de vida; convencido y convenciéndonos con su
actuar, de que detendrá el caos social que nos envuelve poco a poco como sociedad
enferma y puede hundirnos definitivamente,
si no le cumplimos o no nos cumple.