Hace poco me encontré en un
municipio del Oriente antioqueño a un amigo de infancia, desde luego me alegró muchísimo
esa feliz coincidencia, nada frecuente. Sin embargo poco me duró la complacencia
del momento pues con su relato sobre las actuales actividades en el otoño de sus
años, me incomodó bastante.
Poco debería importarme a qué se
dedican las personas que no hacen parte de mi círculo social, parentesco o
familia, pero la verdad sentí esa desagradable sensación que nos invade cuando definitivamente
no compartimos ciertas posturas de quienes tenemos buenos recuerdos.
Y no es que en la actualidad este sexagenario se dedique a actividades ilícitas,
no, no se trata de eso, por fortuna; simplemente es que todavía está vinculado laboralmente
y con todo tipo de prestaciones legales y extralegales, en una entidad oficial.
Hasta aquí nada extraordinario.
Pero es que me contó que sus tres hijos son profesionales
exitosos (Por el tono y el lenguaje no verbal entendí que son ricos, no me dijo
que sean felices, lo que para mí sí es a lo que vinimos a este mundo, pero para
ciertas personas ser exitoso es tener mucha plata) de su esposa me contó que
recibe una mesada no jugosa pero decente si tenemos en cuenta las “pensioncitas”
que se logran trabajando decentemente; tienen casa, finca y dos carros. Así que
si él pasó hace rato la edad y tiempo de
jubilación ¿por qué diablos se sembró en el cargo y no lo suelta para que un
profesional joven, que apenas esté levantando familia, ocupe, tal vez con más
competencia e idoneidad, ese cargo?
Y para acabar de rematar, el
pobre viejecito andaba dizque en “comisión” en ese Municipio, en carro oficial
y tomando tinto bien relajado en el parque, mientras llegaba la esposa que “aprovechó
la salidita para saludar a unas amigas”. ¿En carro oficial visitando amigas? Pero
aquí no acaban los motivos de mi “pequeña” molestia: La señora, además de su pensión,
recibe honorarios por un “contratico” de prestación de servicios de varios
milloncitos mensuales, que le consiguió el jefe político para que “ajuste la
pensioncita”. Me dijo la cifra como para que me diera envidia, debe ser, pues él
goza de las bondades de su “patrón”, y
en cambio yo, como ya le había contado, no tengo jefe político.
Para eso es para lo que votamos
los buenos ciudadanos. ¿Buenos? Bobos es que somos. Pero felices.