¿Queremos que el proyecto Autopistas de la Montaña se materialice en obras de carreteras improvisadas, poco duraderas, inestables, costosísimas en el tiempo y sujetas a “remiendos” permanentemente, con los consecuentes problemas posteriores que conocemos? O ¿queremos verdaderas autopistas, vías de esas que no tenemos actualmente, sólidas y seguras?.
El anuncio que se nos hizo en Medellín de lo que puede costar realmente la ejecución con calidad del proyecto Autopistas de la Montaña, sin ajustes excesivos en el camino y sin demoras no calculadas, en vez de generar juicios a priori, pronunciamientos emocionales y populistas, debió motivar análisis serios que conduzcan a decisiones bien sustentadas, soportadas en criterios objetivos para tomar medidas que a largo plazo no se conviertan en resultados dañinos y mucho más costosos.
“Lo barato sale caro” y eso es lo que nos ha pasado por décadas. La construcción de las carreteras en Antioquia ha sido, la mayoría de las veces, adjudicada por costos (menores costos) y no por mejor calidad; tal criterio de selección, al asumir obras en tan difíciles terrenos, ha sido fatal; conocemos de sobra nuestra historia de la red vial.
La Nación, el Departamento y la Administración de Medellín, en proporción justa, como corresponde a cada instancia, deberán asumir los costos para un proyecto de altas especificaciones; no caigamos en decisiones populistas - y mucho menos amañadas o convenientes para algunos intereses particulares - que lleven a la construcción de carreteritas de mala calidad y bajos costos, pues muy seguramente nos llevarán, en el largo plazo, a enfrentar graves problemas, costosos en vidas humanas y financieramente.