En época preelectoral –como la que hoy vivimos los colombianos con intensidad regional y local- escuchamos a diario tales deformaciones de la realidad, que cada palabra pronunciada – sesgadamente- debe “leerse” como un desequilibrio intencional muy similar a los rasgos físicos exagerados de las personas que dibujan, maravillosamente, los caricaturistas.
Por otra parte, las frases de los personajes caricaturizados resumen historias enteras, las que desde luego motivan gran admiración, precisamente, por estar inspiradas genialmente en la inteligencia del caricaturista, y producen risa hasta en los propios caricaturizados. Esa es la razón de ser de las caricaturas.
Creemos que en campaña proselitista todos los aspirantes y candidatos hablan a sus potenciales electores, caricaturescamente, es decir, disminuyen algunos “rasgos” que no favorecen el interés personal del que habla y exageran otros que son “aliados” de la campaña. Esto lo hacen todos, sin excepción, y no por ello se les castiga sin misericordia, siempre y cuando, desde luego, no se pase de la libertad de expresión permitida, a terrenos injuriosos; y esa libertad hay que tolerarla y respetarla, así no se comparta lo expresado.
Algunos actores políticos, son tan inteligentemente sutiles en la caricaturización de sus pronunciamientos a la hora de “dibujar”, con frases construidas genialmente, el perfil del contrincante, que despiertan simpatía, no enojo; como risa produce toda caricatura bien hecha y desapasionadamente interpretada.
Pero desafortunadamente hemos llegado a extremos seudo moralistas ridículos -cuando nos conviene- y parece que no nos da pena parecer viejas ignorantes al calificar absurdamente el trabajo talentoso de un artista que dibuja el pensamiento del pueblo. (Algo así como lo que pasaba en tiempos de la censura eclesiástica a la pintora Débora Arango).
O hemos perdido el sentido del humor, y eso si es muy triste en un país en el que los problemas que nos aquejan desde hace tantos años (sin ser resueltos por generaciones y generaciones de la clase política) son ya suficientes como para agregarles pataletas absurdas.
Pongámosle seriedad y hagámosle bulla a temas colectivos tan graves como la corrupción generalizada en lo público y lo privado, porque ello sí hace mucho daño al país entero, y mejor respetemos posturas ideológicas que pertenecen al campo de las libertades de expresión.